El miedo

El miedo tiene una antigüedad de millones de años. Es una emoción que se fue transmitiendo de generación en generación, de mutación en mutación. Charles Darwin observó que el miedo y la ira son emociones muy anteriores al hombre y que, en cambio, la pena y la ansiedad se originaron prácticamente con él.

El miedo constituye el desencadenante de la respuesta orgánica inducida por el estrés. Cuando el cerebro detecta el peligro, emite señales de todo tipo hacia los órganos corporales que lo ayudarán a defenderse y a salvarse en la emergencia.

Esa comunicación se establece por los filamentos del sistema nervioso y por sustancias químicas endógenas, neurotransmisores, que liberados en el torrente sanguíneo y linfático forman una poderosa red de información dentro del cuerpo. En la respuesta del estrés intervienen especialmente la adrenalina y el cortisol, segregados por las glándulas suprarrenales.

Es oportuno recordar que, para la medicina china, en los riñones reside el miedo y, junto con la vejiga urinaria, son los órganos que más hay que cuidar durante el invierno. Es asombroso pensar que debieron transcurrir miles de años para que la ciencia verificara este vínculo entre el miedo, el estrés y las suprarrenales.

Los mensajeros químicos hacen que el flujo de la sangre se redistribuya en las zonas que están alertas en la emergencia para suministrar energía a músculos y órganos clave. Son tales los cambios fisiológicos que provoca el estrés que una rata frente a un gato no notará dolor si le queman la cola, del mismo modo que una madre herida salva a su hijo de un incendio, sufriendo  ella quemaduras graves cuyo dolor recién sentirá posteriormente.

La respuesta del estrés es altamente positiva porque nos permite gozar de la vida. El crecimiento humano exige enfrentar cambios y producir nuevas respuestas. No es posible crecer sin las transformaciones y estas generan estrés.

Lo que debemos hacer luego de haber resuelto el episodio de peligro es "limpiar" nuestro organismo de todas esas drogas que siguen innecesariamente circulando dentro de nosotros. Algunos científicos juzgan que el miedo actual está sobredimensionado, puesto que se ha originado para responder a estímulos tan terribles como la posibilidad de convertirnos en el banquete de alguna bestia sanguinaria. Sin embargo, otros estudiosos afirman que los peligros de hoy son igualmente significativos: desde ser víctimas de asaltos callejeros o morir arrollados por un auto, hasta la amenaza de una guerra nuclear o bacteriológica; por supuesto, que el miedo a quedar desocupados en una sociedad progresivamente más y más robotizada; el miedo a la violencia y el hambre, que, increíblemente, existen gran medida en todo el planeta; el miedo a las nuevas enfermedades infecciosas; el miedo de participar de una sociedad en la que todas las instituciones están cuestionadas. Y tantos otros. Por eso la "limpieza" debe ser cotidiana. Tenemos que darnos algo de tiempo diariamente para hacer algunos trabajos con dicho fin.

Existen miedos primordiales que ya vienen con nosotros y que no se aprenden: el miedo a los animales, que puede interpretarse como el temor a lo desconocido, y el miedo a los daños físicos, temor atávico de cuando la naturaleza se mostraba sumamente hostil. Además, hay un tercer miedo exclusivamente humano, que a continuación explicaremos.

Se cree que la primera humana que se irguió y anduvo en dos patas fue aquella que el antropólogo Don Johansen bautizó como Lucy, porque cuando se produjo el hallazgo estaba escuchando la canción de los Beatles Lucy in the sky with diamonds. Al parecer Lucy caminó esta tierra hace 3.750.000 años. En el diseño original, la espalda no estaba destinada a soportar la postura vertical ni las patas posteriores, a aguantar el peso del resto del cuerpo. Esta verticalidad produjo los glúteos: somos los únicos animales que los tienen. 

Mientras tanto, la pelvis, para soportar tanto peso, fue adquiriendo más densidad, volviéndose más y más compacta, lo que hizo que le conducto del parto, por el que nacen las crías, se estrechase. A nuestra verticalidad se debe el hecho de que el parto humano no sea tan sencillo como entre los otros seres del planeta. Esto limitó el tamaño de la cabeza al nacer, lo que exige que el niño deba ser protegido durante varios años hasta que su cerebro se desarrolle y no necesite, al fin, depender de sus mayores. Esta necesidad hace que algunos adultos velen por él y lo alimenten. Estos pueden ser sus padres, parientes, o amigos, lo que genera un sistema de cooperación que da origen a la sociedad humana. Entonces la naturaleza inventó un tercer miedo para los seres humanos, que es el miedo a la separación, que hace que los niños se queden junto a sus mayores hasta que estén listos para arreglarse solos. Por supuesto, estamos hablando de miedos no patológicos.

Trabajo para no sentir miedo:

Mátaji Indra Devi recomienda recurrir al sonido del "om", en voz baja o repetido mentalmente ante cualquier posible peligro. La vocal debe ser corta y, en cambio, la letra "m", más larga, hasta que se acabe el aire.

Los trabajos corporales del Yoga Contemporáneo para invierno sirven en general para desterrar los miedos, pues alivian las tensiones renales. Sobre todo, es muy indicada la Postura del héroe.

Fuente: Andrés Percivale, El yoga de las 4 estaciones. Grupo Editorial Norma, Buenos Aires, 2001.

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