La unidad del campo perceptivo - Maurice Merleau Ponty

Merleau-Ponty quería demostrar que la percepción no es el resultado casual de las sensaciones "atómicas", en contraposición a la tradición iniciada por John Locke. Para Merleau-Ponty, en cambio, la percepción tiene una dimensión activa, en la medida en la que representa una apertura primordial al mundo de la vida en contra del atomismo antes citado. Logra valiosas conclusiones apelando no sólo a la fenomenología sino también con el gran aporte de la Teoría de la Gestalt.

Naturalmente la psicología clásica sabía muy bien que existen relaciones entre las diferentes partes de mi campo visual como también entre los datos de mis diferentes sentidos. Pero para ella esta unidad era construida, ella la atribuía a la inteligencia y a la memoria. Digo que veo hombres que pasan por la calle, escribe Descartes en un célebre pasaje de las Meditations, pero, en realidad ¿Qué veo exactamente? No veo más que sombreros y abrigos que podrían estar cubriendo perfectamente a unos muñecos que funcionan a base de resortes, y, si yo digo que veo hombres, es porque me apodero, “por una inspección del espíritu, de aquello que yo creía ver con mis ojos”. Estoy persuadido de que los objetos siguen existiendo cuando no los veo, por ejemplo a mi espalda. Pero para el pensamiento clásico, estos objetos invisibles no subsisten para mí más que a causa de que mi juicio los mantiene presentes. Incluso los objetos que tengo delante no son propiamente vistos, sino solo pensados. Así, yo no podría ver un cubo, es decir, un sólido formado por seis caras y doce aristas iguales, yo no veo más que una figura en perspectiva en la cual las caras laterales están deformadas y la cara dorsal absolutamente escondida. Si yo hablo de cubos es porque mi espíritu completa estas apariencias, suple la cara oculta. Nunca podré ver el cubo según su definición geométrica, sólo puedo pensarlo.

La percepción del movimiento muestra todavía mejor hasta qué punto la inteligencia interviene en la pretendida visión. En el momento en que mi tren, detenido en la estación, se pone en marcha, sucede a menudo que el tren que parece empezar a moverse es el que está parado al lado del mío. Los datos sensoriales por sí mismos son, pues, neutros y capaces de recibir diferentes interpretaciones según la hipótesis en la cual mi espíritu se detendrá. De modo general, la psicología clásica convierte a la percepción en un verdadero descifrado de los datos sensibles por obra de la inteligencia, es decir, en un comienzo de ciencia. Me han sido dados unos signos y debo descubrir su significación, me ha sido propuesto un texto y tengo que leerlo o interpretarlo. Incluso cuando tiene en cuenta la unidad del campo perceptivo, la psicología clásica permanece todavía fiel a la noción de sensación, que proporciona el punto de partida del análisis. Esto es así porque ha concebido los datos visuales como un mosaico de sensaciones y por lo tanto necesita fundamentar la unidad del campo perceptivo en una operación de la inteligencia.

¿Qué nos aporta sobre esta cuestión la teoría de la Forma? Refutando completamente la noción de sensación, nos enseña a no distinguir ya más entre los signos y su significación, entre lo que se ha sentido y lo que se ha juzgado. ¿Cómo podríamos definir exactamente el color de un objeto sin mencionar la substancia con la que está hecho, por ejemplo el color azul de esta alfombra sin decir que es un “azul lanoso”? Cézanne había planteado la cuestión: ¿Cómo distinguir en las cosas su color y su dibujo? No se trata de comprender la percepción como la imposición de una cierta significación a ciertos signos sensibles, ya que estos signos no podrían ser descritos en su textura sensible más inmediata sin referencia al objeto que significan. Si bajo una iluminación cambiante reconocemos un objeto definido por propiedades constantes, no es porque la inteligencia haga entrar en juego la naturaleza de la luz incidente y deduzca de ella el color real del objeto, es porque la luz dominante del medio, actuando como iluminación, asigna inmediatamente al objeto su verdadero color. Si miramos dos platos desigualmente iluminados, nos parecen igualmente blancos y desigualmente iluminados mientras el haz de luz que proviene de la ventana figure en nuestro campo visual. Si, por el contrario, observamos los mismos platos a través de una pantalla horadada con un agujero, al instante uno de ellos nos parece gris y el otro blanco, incluso si sabemos que es debido a un efecto de iluminación, ningún análisis intelectual de las apariencias nos mostrará el verdadero color de los dos platos. La permanencia de los colores y de los objetos no es, pues, construida por la inteligencia, sino aprisionada por la mirada en tanto adopta la organización del campo visual.

Por eso, la percepción de las formas en el sentido general de la estructura, conjunto y configuración debe ser considerada como nuestro modo de percepción espontáneo. La percepción analítica, que nos da el valor absoluto de los elementos aislados, corresponde, pues a una actitud tardía y excepcional.

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