Mas Allá del Principio de Placer (XI parte)

Párrafos seleccionados de Diana S. Rabinovich: “Topología de la Cosa y angustia. Seminarios VII y X” en Puntuaciones Freudianas de Lacan: Acerca de Mas allá del principio de placer. Compiladores: J.C. Cosentino y D.S. Rabinovich. Ed. Manantial, Buenos Aires, 1992.

Resumen:

La cosa –en alemán das Ding- es algo que Lacan encontrará en el Proyecto… freudiano, en el Proyecto de una psicología para neurólogos y es trabajada de una forma diferente al modo en que Lacan trabaja inicialmente, por ejemplo en el Seminario II, la pérdida del objeto. ¿Por qué? Porque al inicio, Lacan igual que Freud, suponía perdida a la madre, en lo que podríamos llamar la función anaclitica, en la función de apoyo de la necesidad, pero Lacan ya no piensa en la pérdida del objeto anaclitico. Piensa, en cambio, en la perdida de la madre como lugar de goce, es decir, que ese mismo espacio ya no marca el lugar de la perdida de la necesidad, sino de la perdida originaria de goce. En ese nivel se constituye lo que Lacan llama das Ding o la Cosa, trabajando a partir de la diferencia existente en alemán entre dos términos para designar la cosa que son das Ding y Sache.

La Cosa originariamente, en el sujeto, en su experiencia, está vinculada con el semejante, con el otro humano, con lo que en alemán se llama el Nebenmensch, que aparece como lo extranjero, lo ajeno, lo desconocido. Este objeto que aparece como lo ajeno, lo desconocido, particularmente en la experiencia hostil, se divide, por acción del juicio, en dos partes: una parte forma el conjunto de caracteres perceptuales constantes –así lo define Freud- que aparecen unidos como cosa, como das Ding, que es inasimilable, sobre ella no se puede saber ni decir nada; la segunda parte, el segundo elemento que compone este juicio sobre el objeto es justamente lo que se llama el juicio de atribución, es decir que algo pueda ser considerado como bueno o malo, que es segundo en relación con este aspecto constante que es la cosa.

Lo central es que esta cosa, en tanto que desconocida, extranjera, incluso hostil, aparece como el primer exterior, que orienta al andar del sujeto en relación con el mundo de sus deseos. Pero el sujeto nunca logra alcanzar ese núcleo inasimilable, que es lo que se trata de encontrar, pero que nunca se volverá a encontrar. Es el objeto perdido como tal. Y señala Lacan, que “…ese objeto, en tanto que Otro absoluto del sujeto, es lo que se trata de volver a encontrar, solo se lo vuelve a encontrar como añoranza, no se lo vuelve a encontrar, lo único que se vuelve a encontrar son sus coordenadas de placer”.

Los caminitos del deseo, caminitos energéticos, significantes, volverán a rodear el objeto sin nunca aprehenderlo y siempre en el nivel del principio del placer, no de su mas allá.

Aquí queda claro como todos estos rodeos del deseo son comandados por este punto inaccesible al que nunca se llega, que gobierna a distancia los caminitos del deseo, pero que, como tal, es inalcanzable.

Solo sabemos acerca de la Cosa a traves de esos atributos que son lo bueno y lo malo, pero que no son la Cosa misma; la Cosa esta fuera del significado. En el juicio de atribución es donde se conjugan lo bueno y lo malo como cualidades. En la obra de Lacan, toda cualidad es siempre producto de la metáfora, lo bueno y lo malo son ya metáforas, por lo tanto, hablar de objeto bueno y malo es hablar del objeto en el nivel de la metáfora, en el nivel de la producción de significación por el sistema significante. Es ese real que escapa al significante. Lacan definirá a esta Ding, a esta Cosa, como real, porque escapa al significante, porque el significante no la puede aprehender y ella está siempre en el mismo lugar, el lugar que las representaciones rodean, sin alcanzar a atraparlo, porque escapa al significado, al sistema significante.

Recuerden, no obstante, que esta Cosa es producto de la actividad misma del significante. El afecto primario es la huella de la experiencia mala o insatisfactoria; el deseo es la huella de la experiencia de satisfacción. Este afecto primario es ya una primera defensa anterior a toda represión. Por lo tanto, este objeto perdido configura el bien del sujeto como un bien perdido por estructura, de allí en más el sujeto solo puede someterse al régimen del placer, porque cada vez que se acerca a lo que Lacan define como la frontera de la Cosa –veremos por que dice frontera-, se asoma al mas allá del principio del placer.

Para Lacan la Cosa funda “la tendencia a volver a encontrar el objeto que marca el fondo de la orientación del sujeto humano hacia el objeto, el principio del placer gobierna la búsqueda del objeto y le impone sus rodeos que siempre conservan una distancia en relación con su fin”. El fin se refiere precisamente a la Cosa y, por lo tanto, todo lo que sea ir más allá del límite del principio del placer se acompaña de un sentimiento que el mismo Kant había jerarquizado como lo propio del sentimiento moral, un sentimiento de dolor.

El deseo en Lacan no es exactamente igual al deseo en Freud. En Lacan, el deseo es siempre deseo del Otro. El problema es aquí cual es la relación entre el deseo del Otro –que es mi deseo- y el goce. Porque el goce del Otro es aun mas enigmático que el deseo del Otro. No tengo acceso alguno a como el Otro goza en su cuerpo mismo, hay un nivel en el cual el goce escapa a la función misma de la palabra.

El goce como tal es definido por Lacan como lo real, por lo menos una de las formas de lo real. Lo real en una primera acepción, como real interno al sistema significante, se caracteriza por volver siempre al mismo lugar. Esta es la posición fija de das Ding como lo que secretamente comanda y ordena la realidad del sujeto. Sobre esto, es el goce que como tal implica, y tiene como fondo la imposibilidad de la complementariedad sexual. En este sentido tiene su fundamento en un imposible lógico interno al sistema significante.

Imposible lógico dado que en todo sistema significante existe un punto de impasse en el cual, incluso el sistema lógico mas completo, para ser explicado, para solucionar sus impasses, necesita recurrir a otro sistema diferente de él. Este hecho de que ninguna se avala a si misma es lo que hace que se trate de un imposible y que el sistema aparezca cruzado por una barra, en la medida en que no puede garantizarse a sí mismo. En este mismo sentido Lacan dice que el Otro está barrado. Este es un real producido por el sistema significante como su punto de impasse, de imposible, en el que no puede garantizarse a sí mismo.

Entonces, la Cosa, el goce, son un real, producto del significante, pero que escapa al sistema significante que lo produjo. En estos sentidos son lo no ligado, versus el deseo que Lacan siempre definió y seguirá definiendo como metonimia y que corresponde a lo que Freud llamo energía ligada.

Por lo tanto, las ficciones del deseo son aquellas cuyo secreto es su orientación en función de ese Otro perdido que es el Otro absoluto del goce. Estas ficciones solo rodean a ese objeto, nunca lo atrapan.

El inconsciente se organiza en un espacio topológico que es de dos dimensiones, bidimensional. Por eso Lacan podrá decir que el sujeto del inconsciente es chato, no tiene volumen. Cabe señalar que dicho espacio modifica totalmente la concepción del espacio como delimitando un interior y un exterior. En el espacio bidimensional no hay adentro ni hay afuera, ni derecho ni revés.

Para Lacan no hay una temporalidad cronológica; hay una temporalidad lógica, que va de la anticipación a la retroacción.

A partir de la constitución del yo en su articulación con la imagen del cuerpo si hay un adentro y un afuera. Entonces, en función del apresamiento del cuerpo por el sistema significante, tenemos dos cuerpos distintos. El cuerpo del adentro y el afuera es el cuerpo vinculado con el sistema del yo (moi), no con el sujeto del inconsciente. Para que el cuerpo imaginario, propio del espacio tridimensional, se instale, la precondición es que antes se haya constituido un espacio topológico, que es ese primer exterior que no es exterior y un interior que tampoco es un interior, que Lacan llamara extimo, es decir un exterior intimo, un exterior que está adentro y un adentro que está afuera.

El espacio del espejo es un espacio que permite los atributos, lo bueno, lo malo, lo lindo, lo feo, lo integrado, lo desintegrado, etc. Permite todas las variantes que ustedes conocen, en torno de la integración y la fragmentación en el espacio del espejo, en torno del objeto como bueno o malo; esa es la dimensión propia de lo imaginario.

Lacan representa la Cosa como un vacio, porque ella es la función del corte sobre una superficie continua. Entonces, no hay aquí ninguna metáfora, ninguna metafísica del vacío. Esa Cosa es lo que hace un agujero en la continuidad y produce un corte, un borde. Por eso Lacan hablara de las fronteras de la Cosa.

El autoerotismo se define como la falta de sí mismo, el sí mismo es el yo, es una ausencia del yo. Esta definición forma parte de la más estricta tradición freudiana, según la cual el autoerotismo precede al narcisismo. Pero lo que falta en el autoerotismo es el yo, por lo tanto el autoerotismo funciona en el nivel de este espacio topológico y no en el nivel del espacio tridimensional de la imagen especular, que es el espacio de la representación. El cuerpo autoerótico no pertenece a la esfera de la representación.

En este contexto, el sujeto se constituirá como sujeto del inconsciente. La experiencia primordial de angustia, la angustia como traumática, la angustia vinculada con el desamparo freudiano, ya no será conceptualizada igual por Lacan, porque esa angustia proviene de un exterior intimo, que es ese espacio que no tiene ni adentro ni afuera.

La amenaza es la presencia del deseo del Otro. El sujeto esta desamparado cuando se encuentra sin recursos ante el deseo del Otro. La tentación máxima para el sujeto hablante es, precisamente, la tentación de responder al deseo del Otro (con mayúscula siempre, desde ya).

La angustia señal se produce efectivamente en el yo, pero el yo ¿Qué es en Lacan? El yo en Lacan se escribe; imagen del otro (con minúscula). Lacan lo dice, se prende una luz en el yo para alertar al sujeto –sujeto del inconsciente- acerca de la presencia de un deseo, es decir, del deseo del Otro.

El objeto a Lacan lo considera como real, en el sentido de lo real como imposible y como objeto causa de deseo. ¿Qué pasa con ese objeto? A este objeto Lacan lo define primero como el resto de una operación de división, la formula lo inscribe tomando el modo de la división en su forma anglosajona, por la cual el sujeto sin barrar, S, tiene que inscribirse en el Otro. El primer cociente de esa división es la división del sujeto, S, y la división del Otro, A, ambos quedan barrados. Esta división deja un resto irreductible que es el objeto a.

Del lado del sujeto queda el Otro barrado, A, es decir, el Otro barrado como constituyendo el propio inconsciente del sujeto. Así del lado del Otro sin barrar esta el fantasma, lo cual ya puede darles una idea acerca de las funciones del fantasma.

El objeto a, para Lacan, no imaginario, no especular, no tiene representación en el espejo, es como tal aquello cuya única traducción subjetiva es la angustia. La señal de la presencia del objeto a es la angustia en el sujeto. El objeto será objeto causa del deseo. Lacan invierte la temporalidad, en términos lógicos no genéticos o cronológicos, por ende el objeto no es el fin, no es la meta del deseo, sino es su antecedente, el deseo es su consecuente, es decir, es causado por el objeto a. El a, entonces, produce al sujeto deseante, lo divide, lo produce como tal. Por lo tanto, el objeto no está delante del deseo como su meta, sino detrás del deseo como su causa.

Si el deseo es siempre deseo del Otro, del Otro como deseante, sucede que solo se puede satisfacer ese deseo siendo su objeto, nunca su sujeto. Por lo tanto, ese objeto es el sujeto mismo, no es un objeto externo al sujeto, es el sujeto mismo, el sujeto mismo como real irreductible al significante, producido por el significante, porque ese objeto implica una operación particular del significante sobre el cuerpo biológico. Hasta tal punto Lacan considera corporal a ese objeto a que lo llama la tripa causal, con la connotación de algo que conmueve hasta las tripas, como suele decirse, algo que, como la angustia, se hace sentir en las tripas. El objeto a es siempre una tripa causal, algo que esta ahí, “en cuerpo”. Entonces, para Lacan el deseo es siempre inseparable del cuerpo.

Este objeto a, que puede ser el pecho, las heces, la voz o la mirada, es un objeto que hace del sujeto, objeto, en la medida en que él es deseante de una falta, es decir, deseante de esa falta que es el deseo en el Otro. Así, si yo deseo la falta, para ubicarme en relación con esa falta, para colmarla, tengo que ubicarme en relación con el objeto que puede colmar esa falta. Por lo tanto, paradójicamente, el psicoanálisis descubre un objeto inusitado, un objeto que desea, aunque el deseo sea patrimonio del sujeto. Y es deseante de una falta que, Lacan subraya, no es la falta del sujeto, sino un defecto, algo que le falta al Otro en el nivel del goce.

En la medida en que el Otro se constituye como Otro tachado, barrado, Otro deseante, de algún modo podrá reparar esa falta, ese defecto o esa perdida, en tanto que el mismo, el sujeto del inconsciente, es objeto.

En este punto podemos volver a la angustia traumática que se relaciona con los puntos en que un sujeto se enfrenta, como sujeto, con el deseo del Otro. Por eso la traducción subjetiva del objeto a, como causa y como real, es la angustia, porque como objeto el sujeto experimenta angustia, cuando es un objeto a merced del deseo del Otro. Por eso la perversión, en particular el masoquismo, buscara siempre la angustia del Otro, porque cuando el Otro se angustia, es la señal de que él, el masoquista, está en la posición de objeto.

Lo central que Lacan marcará aquí es que no hay posibilidad para ningún sujeto de obtener ningún tipo de reconocimiento del deseo del Otro y en el deseo del Otro si no es como objeto. Esto le es insoportable al sujeto, ser el objeto le es insoportable y, en la experiencia psicoanalítica, la reivindicación histérica de su “pura subjetividad” da testimonio de ello.

La histérica se niega a ser objeto de deseo, aunque juega a serlo. Cuando se enfrenta con el deseo del Otro en acto, en ese momento dice: “Pero, yo no hice nada, ¿Por qué se me tiran encima, si yo no quería esto?, necesito palabras románticas, necesito algo que me haga existir como sujeto.”

El objeto a es, en tanto tal, la forma más radical de nuestra existencia misma y es la única vía, lo dice explícitamente, en que el deseo puede de alguna manera entregarnos o librarnos aquello en lo que nosotros tenemos que reconocernos: “Todo sujeto humano es un objeto finito del cual dependen o están enganchados deseos que también son finitos”.

Por lo tanto, la amenaza de la angustia traumática reside en el re-conocimiento del deseo en el Otro. La angustia no es, pues, señal de un peligro interno, sino señal del peligro ante esa estructura, que no es ni interna ni externa, que es el deseo del Otro. Si en la angustia hay un elemento de espera, de alerta, es en la medida en que en tanto objeto soy esperado, para Lacan desde siempre, “desde toda la eternidad”, en el deseo del Otro como tal. Porque este deseo me interroga en la raíz misma de mi deseo como objeto a, como causante de ese deseo, como causa de ese deseo del Otro y no como objeto de ese deseo.

Entonces, el sujeto siempre es deseo de deseo y la segunda fórmula de Lacan introduce, precisamente, al objeto como causa de deseo.

En la primera formula, la fórmula clásica del fantasma, quedaba del lado del Otro. En ella, el objeto es objeto del deseo, es el objeto que funciona como objeto de deseo en el fantasma, en la medida en que el fantasma es defensa frente al deseo del Otro. En la medida en que no me soporto en el lugar de objeto deseado, en esa medida, el fantasma articulado al objeto del deseo acude a mi rescate y este fantasma como tal, lo que hace es taponar al Otro como deseante, es decir, hace que el Otro no desee, lo transforma en Otro sin barrar.

Lacan considera que la segunda formula da la temporalidad de la constitución del sujeto, en la cual el tiempo uno, mítico, es el tiempo del goce que se perderá. Pero el tiempo central, el tiempo en que el objeto a se constituye, es el tiempo de la angustia como tal. Por lo tanto, no hay constitución del objeto ni presencia del objeto que no implique, como tal, la producción de este objeto. Precisamente, Lacan usara para referirse a este objeto el nombre de producción ya en esta época.

Para el ser hablante, por su “naturaleza” hablante, el goce no está prometido al deseo, salvo si se atraviesa el fantasma. Quiere decir que el a esta en su correcta posición de causa de deseo.

El plus de gozar es el objeto causa en tanto que entraña en sí mismo una recuperación de un goce suplementario respecto del goce originario o perdido. Por lo tanto, hay un punto en el cual deseo y goce pueden confluir, que implica para Lacan ir más allá del fantasma. Tengan claro que el fantasma es aquello con lo que el sujeto se consuela, aquello con lo que el sujeto huye ante la angustia que le despierta el deseo del Otro.

Hay un momento en que los bebes dejan de tener hambre, en ese momento surge un punto en el cual se establece una barrera frente al deseo del Otro. En todo caso es allí donde el sujeto prefiere faltarle al Otro. El niño le falta al Otro y en la angustia del Otro recibe la señal de que es deseado, justamente porque impuso ese intervalo, en ese momento es deseado por el Otro. En este sentido, se podría decir, que no se trata en ninguna forma del deseo de que el Otro me deje, el problema es que yo no le haga falta al Otro. La indiferencia no es amor ni odio, el amor y el odio siempre tienen algo que ver con el deseo. Entramos aquí en un campo que no es el de la angustia, sino el del dolor, el que nos produce el no ser la falta de alguien. Por eso Lacan redefinirá el duelo diciendo que solo puedo hacer el duelo por aquel cuya falta fui. Entiéndase: solo puedo hacer el duelo por aquel para quien fui causa de deseo, es decir aquello que respondía a su falta, si no es así no hay duelo posible en ningún sujeto.

Observen que lo temido no es la pérdida del objeto, es la pérdida del Otro como deseante, que es algo muy diferente.

El no deseo, el no haber estado en esa posición de causa en relación con el deseo del Otro, es algo que marca al sujeto para siempre, y que Lacan considera “sin retorno”. Observen que no se trata del rechazo, porque el rechazo es un deseo de no deseo, sino el no tener ningún lugar, ni siquiera el de ser odiado. 

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