Mas allá del Principio de Placer (V parte)

Parrafos seleccionados de Mónica Torres: “Capitulo III de Mas allá del principio del placer. Compulsión a la repetición. Recuerdo, repetición y reelaboración” en Puntuaciones Freudianas de Lacan: Acerca de Mas allá del principio de placer. Compiladores: J.C. Cosentino y D.S. Rabinovich. Ed. Manantial, Buenos Aires, 1992.

Resumen:

Freud comienza tomando, en este capítulo III, el concepto de transferencia y refiriéndose a su propio articulo “Recuerdo, repetición y reelaboración” que él había escrito en 1914. En este trabajo –nos recuerda Freud- el va a oponer recuerdo a repetición, se repite para no recordar, se escenifican en el terreno de la relación con el analista los fragmentos de la vida sexual infantil, especialmente en el complejo de Edipo y sus avatares, que el sujeto no quiere recordar; recordar queda entonces del lado de las formaciones del inconsciente y repetición queda del lado de lo que se actúa, de lo que se actúa en la cura. Ahora bien, ese mismo “actuar” que Freud llama agieren, es el mismo “actuar” que ya aparece como fundamental en la transferencia, aparece como algo que busca satisfacción en el nivel de la pulsión, con lo cual podemos establecer una primera aproximación a la relación entre transferencia y pulsión.

Bueno, la irrupción de este actuar, en realidad, podría leerse de varias maneras: como la irrupción de algo que tendría que ver con lo imaginario y que es el primer concepto de resistencia que, por ejemplo, Lacan toma, por tomar un lugar, en 1951 en “Intervención sobre la transferencia”, el articulo de Lacan sobre el caso Dora de Freud, donde Lacan va a poner de relieve este aspecto imaginario de la transferencia, que aparece como obstáculo en la cura, pero en el eje a-a’, es decir, en el eje imaginario e impidiendo la dialéctica de lo simbólico.

No es por allí que comienza Freud, porque Freud como ya les dije, desde Psicoterapia de la histeria, hace aparecer la resistencia en el momento en que el paciente se acerca por la vía de las asociaciones a un núcleo patógeno, es decir, se acerca a algo que es del orden de lo traumático. Este obstáculo lo que hace es detener el desplazamiento asociativo por la cadena significante, y podríamos decir que Freud no parece situar aquí algo del orden de lo imaginario, sino que, precisamente, al hablar de este acercarse al núcleo patógeno, algo de lo real está apareciendo ya aquí, en 1985, en Psicoterapia de la histeria.

En 1914, también va a decir que, en realidad, el analizante no recuerda lo reprimido, sino que lo actúa, es decir, algo del orden del recuerdo en acto, no como rememoración sino como acto. El analista, va a decir Freud, comprenderá que este es el modo de recordar del paciente, este actuar en la transferencia; entonces, el retorno de lo reprimido como rememoración, como recuerdo, como formación del inconsciente, encuentra un límite hacia su desplazamiento asociativo y aparece la resistencia, que hace emerger la repetición como obstáculo, este es el agieren freudiano; en ese sentido, el agieren lo podríamos definir como repetición en acto. La compulsión de repetición, entonces, se opone al desplazamiento significante que facilita el trabajo del recuerdo, y este agieren, en esta oposición, obtiene una satisfacción que, al obtenerse, es momento de cierre del inconsciente, aparición de un goce silencioso, que a partir de Mas allá…va a estar emparentando con la pulsión de muerte.

Ustedes saben que, en este texto Mas allá del principio de placer, Freud utiliza varios referentes para introducir el concepto de pulsión de muerte; a mi gusto, estos referentes tienen en verdad diferente estatuto. El fort-da, me parece, se inscribe más bien del lado de la muerte de la Cosa en el lenguaje, mientras que los sueños traumáticos y la compulsión de repetición se inscriben del lado del encuentro con lo real o, para decirlo en términos freudianos, de la falla del encuentro.

En lo verdad lo inconsciente no resiste, al menos el inconsciente reprimido. Podríamos decir, entonces, que el inconsciente no resiste, sino que insiste. Ahora bien, Freud continua diciendo aquí que parecería que hay algo de la vida psíquica contrario al principio del placer, algo que se va a situar mas allá del principio del placer, y sitúa aquí la neurosis de destino, habla del destino, hablando de un sesgo demoniaco que como destino se repite en la vida de las personas, aparentemente contra la voluntad racional; algo del orden del destino fatal de los seres humanos que Freud va a llamar aquí el “eterno retorno de lo igual”. Si ustedes conocen el texto, saben que aquí el pone un ejemplo que está relacionado, en verdad, con un articulo, “Lo siniestro” o “Lo ominoso”, de 1919, que es un año anterior a Mas allá…, digo por esta cuestión del eterno retorno de lo igual que está situado justamente en lo siniestro.

Algo insiste aquí, es más, Freud dice aquí algo muy curioso, y es que mayor es el costo psíquico del trauma si no ha habido una herida en la realidad, por ejemplo en las neurosis de guerra, si no ha habido una herida en la realidad, en el cuerpo, parecería que el costo psíquico del trauma es aún mayor, lo que aparece directamente relacionado con las tendencias masoquistas del yo. Por cierto que cuando digo: aparentemente, los sueños se referían al cumplimiento del deseo, quiero decir que, en realidad, esto ya estaba anticipado en aquella defensa, este primer concepto de inconsciente en Freud, el concepto de defensa que intenta borrar, hacer desaparecer el acontecimiento traumático, y ya fracasaba en Freud, fracasaba desde el comienzo, si bien lograba un cierto éxito la defensa, por la vía del síntoma, en realidad el mismo síntoma también era un fracaso, porque el síntoma es una transacción, es una solución de compromiso entre pulsión y defensa; es decir que ya en la misma constitución del síntoma aparecía algo del orden del fracaso de la defensa, pero había algo más que mostraba este fracaso de la defensa, y era algo irreductible que en el síntoma se relacionaba con el núcleo patógeno. Me parece que es todavía mas claro en el sueño, fracaso del sueño también, ya en La interpretación de los sueños, quiero decir que no es necesaria la teoría de los sueños traumáticos que tenemos aquí para que aparezca en Freud el fracaso del sueño porque si bien el sueño logra un cierto éxito como guardián del dormir, al permitir al sujeto dormir, y que los elementos perturbadores que constituyen el sueño no lo despierten; al mismo tiempo expresa el deseo inconsciente, en esta misma transacción o solución de compromiso que hace que el sueño, al igual que el síntoma, sea una solución de compromiso; en ese sentido por un lado expresa cierto éxito de la defensa, al permitir que el sujeto siga soñando; pero también, Freud lo dice textualmente, cada sueño lleva en sí mismo el despertar. Porque está expresando también, estos elementos perturbadores, es decir, que ya aparece el fracaso del sueño en la constitución del sueño mismo, es decir que el sueño mismo en su intento de guardián del dormir, desde el comienzo fracasa, porque se constituye desde el inicio, en el comienzo del despertar. Pero aparece todavía más claramente esta cuestión del despertar en los sueños de angustia y la directa vinculación que los sueños de angustia tienen con el despertar.

El famoso sueno de “padre, ¿no ves que ardo?”, es un sueño paradigmático, que nos permite separar allí lo que es del orden de la realidad material, lo que es del orden de la realidad psíquica, de lo que es del orden de lo real. Tenemos la realidad psíquica que es la que va a producir el sueño, tenemos la realidad material que es este hijo muerto que estaba siendo velado en la habitación contigua y la vela que cae produciendo esa especie de llamarada, que está relacionada directamente con el texto del sueño, este reproche del hijo que dice: “Padre ¿No ves que ardo?”, pero en realidad sabemos que no es la realidad psíquica (que le permitiría seguir durmiendo en verdad) ni la realidad material la que va a despertar al padre, sino justamente este acercarse a lo real del trauma.

En las neurosis traumáticas Freud dirá que los sueños traumáticos reproducen la escena traumática una y otra vez; en verdad, no es que reproducen la escena traumática porque siempre se trata de un sueño, o sea, que aunque el sueño repita la escena, el sueño no es trauma, ya hay algo del orden de la elaboración, de un velo, una pantalla, algo queda ahí velado, porque no es lo mismo el sueño que el trauma, aunque “repitan” la escena vivida traumáticamente.

Bien, pero parecería que esta pantalla es aquí muy débil, que hay muy poco disfraz, puesto que a veces se repite puntualmente, con pocas variaciones, el acontecimiento traumático en cuestión. Se trata de sueños que no le permiten seguir soñando al sujeto, y no solo que no le permiten seguir soñando en el sentido más fácil de entender, tampoco le permiten seguir soñando en el sentido metafórico del término, en el sentido que uno podría decir, que sea posible seguir soñando; me refiero ahora al sueño diurno, al ensueño diurno que es la vida en algún sentido, porque, en verdad, hay algo verdaderamente horroroso en imaginar un sujeto que este siempre despierto. Aunque también hay algo terrible en que el sujeto este siempre dormido, en el sentido del automaton.

Yo situaría algo que se me ha ocurrido en estos dias, como diferencia entre el sueño de angustia y el sueño traumático; es que parecería que en el sueño traumático hay presencia continua del despertar, quiero decir que, en el sueño de angustia hay un momento puntual del despertar, hasta ese momento el sueño ha venido trabajando con una cierta elaboración del deseo inconsciente, hay cierto disfraz que ha podido darse el momento del despertar es un momento puntual. En los sueños traumáticos, en cambio, uno diría que el sueño traumático mismo no habla del dormir sino del despertar, es decir que el sueño traumático mismo uno lo podría situar como despertar, como algo del orden de estar siempre despierto; en ese sentido por algo esta tan relacionado con esta cuestión de la neurosis traumática, hay algo aquí, digo yo, algo del orden de lo siniestro, de lo espantoso, y por algo es que a partir de allí Freud introduce esta cuestión de la pulsión de muerte. Estos sueños, ligados a las tendencias masoquistas del yo, aparecen claramente ubicados contra el principio de placer.

Freud se va a preguntar, entonces, por que el sujeto sueña una y otra vez el mismo sueño, que nada tiene que ver con el principio del placer, y ubica la compulsión de repetición y su relación con la pulsión de muerte.

Aquí ya está diciendo que lo que es placentero para un sistema puede ser displacentero para otro; luego va a decir de una manera más contundente, va a decir que todo displacer es placer profundo que no puede ser vivido como tal.

En “Pegan a un niño” la fantasía que va a dar origen a todo el articulo es una fantasía masoquista. Es decir, que esta escena que jamás será recordada porque pertenece a lo reprimido primario y que tiene que ser construida en el análisis, en verdad, uno podría ahí vacilar –Freud lo hace- entre escena, fantasía. Tenemos entonces aquí una erotización del castigo, ligada al masoquismo.

Dice Freud en “Dostoievski y el parricidio”: “Si el padre fue duro, violento y cruel, el superyó toma de él estas cualidades, y en su relación con el yo vuelve a producirse esta pasividad que debía ser reprimida. El superyó ha devenido sádico, el yo deviene masoquista, es decir, en el fondo femeninamente pasivo, dentro del yo se genera una gran necesidad de castigo que en parte esta pronta para acoger al destino, y en parte halla satisfacción en el maltrato por el superyó.” 

El superyó ya aparece aquí en Freud como una instancia que, lejos de prohibir el goce, en realidad lo que hace es ordenar el goce, exigir el goce, hacer del goce un imperativo; podríamos decir que el superyó dice: goza de tu destino.

Bien, ahora quizás podríamos pensar algo del destino en relación con lo incurable, con lo irreductible; que en el fin de análisis aparecería como lo que podríamos llamar el síntoma, no en el sentido de los sintomas, sino en el sentido de “el síntoma” o “el sinthome”, siendo el sinthome lo que queda después del atravesamiento del fantasma.

La realidad del inconsciente también vela la pulsión. La compulsión de repetición en ese sentido no se relaciona con la transferencia simbólica, pero si con la dimensión real de la transferencia. Este eterno retorno de lo igual se refiere a lo que insiste como real; aunque cubierto por diferentes velos, en el sueño esta velado, aún en el sueño traumático.

Les decía en ese sentido que la realidad psíquica también vela lo real. Podríamos decir que el descubrimiento freudiano, ya desde Mas Allá…, nos muestra que Freud con Kant separa el bien del bienestar, y con Sade hace del goce el bien supremo, antinómico del bienestar y situado “mas allá del principio del placer”, colindante con la pulsión de muerte.

Freud marcaba que el encuentro con el objeto tiene siempre algo de inasimilable, demasiado poco placer en la histeria, demasiado placer en la neurosis obsesiva, nos daba, en un caso, deseo insatisfecho y, en el otro, deseo imposible, pero siempre un mal encuentro.

El hecho mismo de ser sexuado es traumático. Sin embargo, hay una satisfacción que se sitúa mas allá del principio del placer, ganancia de la enfermedad, beneficio primario del síntoma, que se va a conectar con la reacción terapéutica negativa, en el extraño apego que el sujeto tienen al sufrimiento, al triunfo del fracaso, por parafrasear al Freud de los que fracasan al triunfar, podríamos decir los que triunfan al fracasar, el logro, en fin, de la muerte. Hasta aquí el superyó.

Pero el analista ¿Cómo trabaja sobre esto? Si el analista puede trabajar con esto, lo hará por la vía del fantasma, para conducir al sujeto a la ética del bien decir, deberá en la transferencia ubicar la pulsión en relación con el sinthome que el fantasma todavía vela.

En Más allá del principio de placer, en el mismo capítulo III, Freud va a hablar de que hay un núcleo del yo, una parte inconsciente del yo, que anticipa un tercer inconsciente que después va a ser el ello y que es en este núcleo inconsciente del yo que va a aparecer la resistencia del lado del paciente. Lo real dirá Lacan, al referirse a la repetición, lo real va del trauma al fantasma; el fantasma, en efecto, es pantalla que disimula algo absolutamente primero, determinante en la función de la repetición, se trata de la compulsión de repetición misma.

Un sujeto se cura de los sintomas, pero no del síntoma, porque no hay sujeto sin sinthoma, porque el síntoma depende de la definición misma del sujeto, determinado por el lenguaje.

En el fin de análisis, el sujeto ya no puede asegurarse de su fantasma, no encuentra ninguna seguridad en su fantasma, su fantasma ya no es como en “Pegan a un niño”, digamos, la fantasía que aparecía a la conciencia, ya no tiene ninguna función de consuelo, ya no actúa ni como fantasía ni como novela, el sujeto no está seguro de su fantasma. ¿De donde obtiene alguna seguridad? Puesto que no podemos prometer para el fin de análisis la desdicha, la obtiene de un saber que no se relaciona con el sujeto supuesto saber, el sujeto se histeriza ahora de sí mismo y no del Otro, este es el trabajo que hace el analizante en el momento del fin de análisis y allí hay en juego un deseo de saber y, por lo tanto, de hacer transmisión de ese saber, podríamos decir que cada síntoma deja de hacer signo, cuando deviene un nombre, el fin de análisis quiere decir, poder; decir de cada analizante su nombre, su nombre de síntoma, como trabaja Lacan en “Joyce, el sinthoma”.

El sujeto en el fin de análisis no se autoriza de los nombres del padre, no se autoriza de los trajes hechos a medida para él, se despoja, podríamos decir, de los trajes del goce, cualquiera sean estos trajes. De “hacerse ver”; “hacerse oír”; “hacerse cagar”; “hacerse chupar”, es decir, que desde este lugar del goce, que está relacionado con el superyó y con la pulsión, después del atravesamiento del fantasma, el sujeto con su nuevo traje, tiene que hacerse al saber de su deseo, que ya no es el deseo del Otro y hacerse al ser de su sinthome.

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