El niño deprivado

Winnicot, D: “Deprivación y delincuencia” Segunda Parte, Cap. 18; La juventud no dormirá. Tercera Parte, Cap. 21; El niño deprivado y como compensarlo por la pérdida de una vida familiar. Paidós, Bs.As, 2005.

Cap. 18. La Juventud no dormirá

(Escrito para New Society, 1964)

Resumen:

El hecho de que exista un elemento positivo en la actuación antisocial puede ayudarnos mucho en nuestro examen del elemento antisocial, actual en algunos adolescentes y potencial en casi todos. Este elemento positivo pertenece a la historia personal completa del individuo antisocial. Cuando la actuación es muy compulsiva, se relaciona con una falla ambiental experienciada por el individuo. Así como en el robo hay un momento en que el individuo abriga la esperanza de saltar hacia atrás, por encima de una brecha, y alcanzar algo que le reclama a un padre con pleno derecho, del mismo modo en la violencia hay un intento de reactivar un sostén firme, perdido por el individuo en una etapa de dependencia infantil. Sin ese sostén firme un niño es incapaz de descubrir los impulsos, y los únicos impulsos disponibles para el autocontrol y la socialización son lo que se descubren y asimilan.

La juventud no dormirá. La tarea permanente de la sociedad, con respecto a los jóvenes, es sostenerlos y contenerlos, evitando a la vez la solución falsa y esa indignación moral nacida de la envidia del vigor y la frescura juveniles. El potencial infinito es el bien preciado y fugaz de la juventud; provoca la envidia del adulto, que está descubriendo en su propia vida las limitaciones de la realidad.

Cap. 21: El niño deprivado y como compensarlo por la pérdida de una vida familiar

(Conferencia pronunciada en la Asociación Guardería Infantil, julio de 1950)

Resumen:

A fin de descubrir cuál es la mejor manera de ayudar a un niño deprivado, debemos comenzar por determinar qué grado de desarrollo emocional normal tuvo inicialmente gracias a la existencia de un medio suficientemente bueno:

1- relación madre-hijo

2- relación triangular padre-madre-hijo

3- a la luz de lo que se ha logrado establecer, debemos tratar de evaluar el daño ocasionado por la deprivación, el momento en que comenzó y durante el periodo en que se mantuvo. Por lo tanto aquí la historia del caso es de gran importancia.

Las seis categorías que enumero a continuación pueden resultar útiles como métodos para clasificar los casos y hogares deshechos:

  1. Un hogar bueno corriente, desintegrado por un accidente sufrido por uno de los progenitores o por ambos.
  2. Un hogar deshecho por la separación de los padres, que son buenos como tales.
  3. Un hogar deshecho por la separación de los padres, que no son buenos como tales.
  4. Hogar incompleto, por ausencia del padre (hijo ilegitimo). La madre es buena; los abuelos pueden asumir un rol parental o contribuir en alguna medida.
  5. Hogar incompleto, por ausencia del padre (hijo ilegitimo). La madre no es buena.
  6. Nunca hubo hogar alguno. 

Además suelen hacerse clasificaciones mixtas:

a) Según la edad del niño, y también la edad que tenía cuando ese medio suficientemente bueno dejo de existir.

b) Según el temperamento y la inteligencia del niño.

c) Según el diagnostico psiquiátrico del niño. 

Tratamos de evitar toda evaluación del problema basada en los síntomas del niño, o en el grado en el grado en que el niño se convierte en una molestia, o en los sentimientos que su situación despierta en nosotros, pues tales consideraciones suelen inducir a error. Además, y con suma frecuencia, la única manera de determinar la existencia de un medio temprano suficientemente bueno consiste en proporcionar un medio bueno y ver de qué manera lo utiliza el niño.

Un niño deprivado es un niño enfermo, y el problema nunca es tan simple como para que la mera readaptación ambiental baste para que el niño recupere la salud. En el mejor de los casos, el niño que puede beneficiarse con un simple cambio ambiental comienza a mejorar, y a medida que ello ocurre se vuelve cada vez más capaz de experimentar rabia por la deprivación pasada. El odio contra el mundo esta allí, oculto en el interior del niño, y la salud no se alcanza hasta haber experimentando ese odio. Sin embargo, este resultado favorable solo sobreviene si todo es relativamente accesible para el self consciente del niño, cosa que rara vez sucede, puesto que, sea en pequeña o en gran medida, los sentimientos correspondientes a la falla ambiental no son accesibles a la conciencia.

Una depresión en un niño deprivado puede constituir un signo favorable, sobre todo cuando no está acompañada de intensas ideas persecutorias. En todo caso, una simple depresión indica que el niño ha conservado la unidad de su personalidad y tiene un sentimiento de preocupación, y que sin duda está asumiendo la responsabilidad de todo lo que le ha salido mal. Asimismo, los actos antisociales, como mojarse en la cama y robar, indican que, al menos por el momento, existe todavía alguna esperanza de redescubrir una madre suficientemente buena, un hogar suficientemente bueno, una relación entre los padres suficientemente buena. Incluso la rabia puede indicar que hay esperanzas y que, por el momento, el niño es una unidad capaz de sentir el choque entre lo que tal vez imagine y lo que concretamente encontrara en eso que denominamos realidad compartida. 

Los síntomas antisociales son tanteos en busca de una recuperación ambiental, y lo que indican es esperanza. Fracasan, no porque estén erróneamente dirigidos, sino porque el niño no tiene conciencia de lo que sucede.

Sabemos, entonces, que el niño deprivado es una persona enferma, con una historia de experiencias traumáticas y una manera personal de hacer frente a las consiguientes angustias y también una persona con una capacidad de recuperación mayor o menor conforme al gado en que ha perdido toda conciencia del odio pertinente y de su capacidad primaria para amar.

Lo importante es que un niño deprivado de su marco familiar tal vez haya tenido un buen comienzo en su infancia e incluso haya disfrutado de los albores de una vida familiar. En ese caso, las bases de la salud mental del niño quizás estén ya bien establecidas, de modo que la enfermedad provocada por la deprivación se produjo en un periodo de salud. En cambio otro niño, tal vez no parezca ser mas enfermo, carece de toda experiencia sana que pueda redescubrir y reactivar en un nuevo ambiente y, además, puede haber existido un manejo tan complejo o deficiente de la temprana infancia, que las bases para la salud mental en términos de estructura de la personalidad y sentido de la realidad sean muy escasas. En estos casos extremos, es necesario crear por primera vez un buen medio, o quizás este medio adecuado no resulte tampoco eficaz porque el niño es básicamente enfermo, e incluso exista por añadidura una tendencia hereditaria a la demencia o a la inestabilidad. En los casos extremos, el niño es demente, aunque esta palabra nunca se use para referirse a una criatura.

Una vez establecido el diagnostico, en términos de la presencia o ausencia de rasgos positivos en el ambiente temprano y en la relación del niño con él, el próximo aspecto a considerar es el procedimiento.

En términos generales, la psicoterapia personal no constituye en este momento una medida practica. El procedimiento esencial consiste en proporcionar al niño una familia. Podemos clasificar lo que le ofrecemos de la siguiente manera:

1) Padres adoptivos, que quieren dar al niño una vida familiar como la que le hubieran ofrecido sus verdaderos padres. En general se acepta que esta es la solución ideal, pero debemos apresurarnos a agregar que es esencial que los niños puedan en estos casos responder a todo lo bueno que se les ofrece. Esto significa, en la práctica, que en algún momento de su pasado hayan tenido una vida familiar suficientemente buena y hayan podido responder a ella. En su hogar adoptivo encuentran la oportunidad de redescubrir algo que tuvieron y perdieron.

2) Pequeñas instituciones a cargo, de ser ello posible (pero no necesariamente), de matrimonios, cada una de las cuales alberga niños de diversas edades. Resulta ventajoso desde el punto de vista de los niños, que adquieren así primos, por así decirlo, además de hermanos.  Un niño inadecuado para ese medio puede destruir la labor de todo un grupo.

3) El albergue numeroso (hasta 18 niños). Los encargados o custodios pueden mantener contacto personal con todos ellos, pero cuentan con ayudantes y el manejo de estos últimos constituye una parte importante de su labor. Las lealtades están divididas, y los niños tiene oportunidad para enemistar a los adultos entre si y explotar los celos latentes. Aquí el nivel de manejo ya no es tan bueno. Pero, en cambio, nos ofrece el tipo de manejo indicado para lidiar con el tipo menos satisfactorio de niño deprivado. La forma en que se manejan las cosas es menos personal, mas dictatorial, y las exigencias con respecto a cada niño también son menores.

4) El albergue de mayor tamaño, donde los encargados se dedican sobre todo al manejo del personal y solo indirectamente al manejo minucioso de los niños. Hay oportunidades de que los niños formen equipos y desarrollen así una saludable competencia. Este tipo de albergue apunta a una forma de manejo capaz de lidiar con los chicos más enfermos, es decir, aquellos que tuvieron muy pocas experiencias buenas en el comienzo de su vida. El director, una figura bastante impersonal, puede mantenerse en un segundo plano como representante de la autoridad que estos niños necesitan, porque son incapaces de conservar a un mismo tiempo la espontaneidad y el control sin ayuda exterior.

5) La institución. Al poner el acento en los métodos dictatoriales, es posible impedir, durante periodos bastante prolongados, que los niños muy difíciles se vean envueltos en dificultades con la sociedad. En tales instituciones resulta difícil reconocer a los niños que están en condiciones de pasar a un tipo de manejo mas personal, que fomente su creciente capacidad de identificarse con la sociedad sin perder su propia individualidad.

Sin duda, es más conveniente que los padres adoptivos puedan soportar las oleadas periódicas de hostilidad y sobrevivir a ellas, e ir estableciendo una nueva relación con el niño, cada vez más segura, porque es menos idealizada.

La importancia de la historia temprana del niño. Carecer de esto, que parece tan poco importante, constituye una serie perdida para el niño deprivado.

Para que el trabajo sea eficaz debe ser personal. La tarea será provechosa si es personal y si quienes la cumplen no están sobrecargados de trabajo.

El objeto transicional me permite ilustrar una dificultad que todo niño experimenta y que consiste en relacionar la realidad subjetiva con la realidad compartida que es posible percibir objetivamente. Cuando pasa de la vigilia al sueño, el niño salta de un mundo percibido a un mundo creado por el mismo. En la zona intermedia experimenta la necesidad de todo tipo de fenómenos transicionales, esto es, de un territorio neutral. Yo describiría este objeto tan preciado diciendo que existe un acuerdo tácito en el sentido de que nadie pretenderá afirmar que ese objeto real forma parte del mundo, ni tampoco que ha sido creado por el niño. Se acepta que ambas cosas son ciertas: el niño lo creo y el mundo se lo proporciono. Esta es la continuación progresiva de la tarea inicial que la madre común y corriente permite que su niño emprenda cuando, mediante una muy delicada adaptación activa, se ofrece ella misma, o quizás su pecho, mil y una veces, en el momento en que el bebe está en condiciones de crear algo similar al pecho que ella le da.

La mayoría de los niños que corresponden a la categoría de inadaptados no han tenido un objeto de este tipo, o bien lo han perdido. Pero estos objetos deben representar algo, lo cual significa que no es posible curar a estos niños mediante el simple recurso de proporcionarles un nuevo objeto.

Todos estos objetos y fenómenos transicionales permiten al niño soportar frustraciones, deprivaciones y la aparición de situaciones nuevas.

Si deprivamos a un niño de los objetos transicionales y perturbamos los fenómenos transicionales establecidos, le queda solo una salida, una división de su personalidad, en la que una mitad se relaciona con un mundo subjetivo y la otra reacciona sobre la base del sometimiento frente al mundo. Cuando se establece esta división y se destruyen los puentes entre lo subjetivo y lo objetivo, o bien cuando estos nunca fueron muy estables, el niño es incapaz de funcionar como un ser humano total.

El mundo subjetivo tiene para el niño la desventaja de que, si bien puede ser ideal, también puede ser cruel y persecutorio. Al principio, el niño traducirá en estos términos todo lo que encuentre.

A partir del estudio de lo que proporciona placer a los niños normales, podemos descubrir que es lo que los niños deprivados necesitan en forma apremiante.

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