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Los Melones se Acomodan, pero las Fichas NO

Estaba en un altar, con el vestido, con todo, junto a mi novio de la secundaria, pero en el patio de la primaria. La historia la recuerdo sólo desde el punto de ebullición, justo cuando me daba cuenta: “¿Qué? ¿Pero cómo? ¡Si soy tan chica! ¡Si es tan solo mi primer novio! Yo quiero muchos más ¿Qué estoy haciendo?”. Esa pesadilla está en el puesto número uno de recurrencia en mi adolescencia, esa y zombies. Qué bello era despertar y descubrir que no estaba casada, que no era la señora de nadie, que no había zombies, que no la había cagado. Porque esa era la preocupación que regía mi adolescencia. No cagarla. No cagarla era importante, porque realmente tenía todo para no cagarla y tenerlo todo es, básicamente, tener una familia amorosa.

A partir de cierta edad, no cagarla significó no quedar embarazada. En mi casa se hablaban las cosas, claro, si somos una familia de clase media universitaria y sobre-psicoanalizada, no lo suficientemente de izquierda como me hubiera gustado, pero todo no se puede. Mi padre, que fue pobre, huérfano y tuvo que hacer la colimba ha ganado inmunidad ante ciertos reclamos. Por eso, a los diez y seis años, dado mi miedo latente a no cagarla, a no perturbar la familia amorosa, me cayó la primera ficha: “este miedo es demasiado” y entonces comprendí lo que sentía sobre el aborto, lo acomodé en un lugar y encajó perfecto. Recuerdo la paz de tener una convicción: Ninguna mujer merece arruinarse la vida entera por un waskazo. Punto, no debato más. Recuerdo como esa reflexión me llevó a tantas otras sobre nuestras desventajas. Desventajas que no podía conjugar en un solo tema, que no lograba unificar en una sola cuestión, pero eran desventajas que se unían solas cada vez que volvía a rumiar sobre lo mismo: ¿Por qué son tan idiotas las publicidades de toallitas? ¿Por qué hay mariposas, sonrisas y bailecitos? Si es dolor, angustia, constipación y hambre voraz.

Tenía once años y me encantaba quedarme mirando Gasalla en el cuarto de mis padres los viernes, cuando ellos salían a cenar. Extrañamente recuerdo la bronca que me generaban las publicidades, mientras me disfrazaba con la ropa de mi mamá y soñaba con ser grande, una adulta que salía sola, que iba a fiestas, que andaba por la calle. Pero la calle nunca es nuestra, ni de chicas ni de grandes. Recuerdo a Marina, mi amiga de siempre, que en sexto grado llegó llorando una mañana al colegio porque en el colectivo le habían tocado el culo. Recuerdo su buzo azul gigante, porque ella, que se desarrolló rápido, también aprendió rápido a esconder las tetas en ropa enorme para no provocar a nadie. No sirvió, el culo se lo tocaron igual. Recuerdo su cara roja y su rabia, mientras lo contaba rápido con pudor, recuerdo no tener nada para consolarla, a la vez que aceptaba el hecho y reflexionaba para mis adentros pasivamente: “Y bueno, ya es la edad en que nos empiezan a pasar estas cosas”. Once años, y ya lo estaba aceptando.

Aparentemente, ser adulta tenía algo de que abusaran de vos y algo de ir a fiestas. Pero aún así quería ser grande. Recuerdo a mi papá ofuscado sentado en el auto porque mi mamá tardaba en arreglarse, y yo lo veía tan claro: pero ella tiene que maquillarse y secarse el pelo y elegir la cartera correcta y zapatos que sean lindos, pero que sean cómodos también. Es obvio que va a tardar más. Y al final tanto tiempo arreglándose para qué, si después volvíamos de la fiesta en el auto y mi mamá se sacaba los zapatos y apoyaba los pies descalzos lastimados, sobre la guantera y se quejaba entre risas, porque el tema de los pies en la guantera generaba un mini bullying familiar. Tardaba más en salir sí, porque tenía que hacer tanto más, y todo para qué, para eso, para auto infligirse daño en los juanetes.

Recuerdo odiar lo femenino, porque lo femenino era sinónimo de imbécil, porque eso estaba en todos lados, en las sufrientes heroínas de todas las telenovelas que devoraba. Era lo imbécil que me poseía cada vez que hablaba con un pibe y me cuidaba de no saber más de música que él, de no ser más rápida que él, de no cerrarle el orto con una respuesta perfecta, porque quizás el chiste era muy fuerte y ya después no se le para. Recuerdo lo mal que me caía pedirme un whisky y que mi cita comentara “apaaaa, whisky eh”. Recuerdo que para no ser menos se pedían uno también, aunque no tomaran y que mal que terminaba eso.

Recuerdo muy bien lo que me caía muy mal a los veinte. Me caía muy mal que nadie creyera que en mi grupo de once amigas no hubiera conflictos con varones y novios “robados”. Me caía muy mal que nadie creyera que fuéramos amigas realmente y que si estábamos en una mesa un viernes a la noche tendría que ser, por lo menos, el cumpleaños de alguna. No era posible que once mujeres se hubieran juntado por el solo hecho de juntarse.

Recuerdo todas las veces que en los boliches había que decir que “no” amablemente a las insistencias de un boludo, cuidando que no se fuera a enojar, que no se ofendiera y empezara a putear. Sonreír ante todo, todo el tiempo, para que no se ponga violenta la cosa. Recuerdo los consejos entre nosotras “no te vuelvas sola”, “llamá cuando llegues” ,“mensajeá”, “pedite un remis”. Todos los recaudos para no morir, esa cotidianidad de la posibilidad de la muerte si salís de copas. Como el riesgo que se asume pasivamente, porque así son las cosas. Hasta que a la hermana de una le pasó algo con un tachero y otra vez asumimos pasivamente, “estadísticamente algo nos tenía que pasar”.

Todo era parte de lo mismo, ya lo tenía clarísimo, siempre lo vi. Todo a mi alrededor me vendía mal lo femenino, como lo débil, lo dependiente, lo condescendiente, la presa, y aún así mis amigas y yo éramos todo lo opuesto. Si bien lo masculino supone un montón de otros clichés deplorables, no me fijaba en ellos y en esa confusión de odiar lo femenino sin condenar en nada a lo masculino pecaba de machista sin darme cuenta. De ignorante, porque nadie me explicó, tenía todavía muchas fichas desacomodadas. Tuve que pasar por toda la facultad para comprender realmente que no era que despreciaba lo femenino y adulaba lo masculino, yo despreciaba los géneros y los estereotipos que suponen.

Y aún así nadie en la facultad, nadie, me habló de feminismo, específicamente, y cuando tuve las convicciones, sentía que no debía llamarme feminista porque pecaba de un exceso de respeto hacia el concepto, dado que nunca había militado tradicionalmente en nada, porque tengo serios problemas con la solemnidad y la militancia la requiere. Por respeto a todas las mujeres que iban a los encuentros todos los años no me animaba a llamarme feminista, y supongo que escondía un poco de cobardía en ese respeto también.

Masculino y femenino son construcciones, disfraces, adornos. Nada más. Una frase que me marcó en la facultad fue una de Susan Sontag en Notas sobre lo Camp:

“lo más hermoso en un hombre viril es algo femenino, lo más hermoso en una mujer femenina es algo masculino”.

No hay virtud en ser de ningún género, si la hay en ser todos o en no ser ninguno, eso creo yo, copiándole a Butler, en eso de deshacer el género.

El orgullo en responder exactamente al lugar común de un estereotipo es la cárcel del género, en ese orgullo recae a la vez la exigencia de responder a ese estereotipo. El orgullo de estar flaca es la exigencia de estar flaca, es la cárcel del género. En el orgullo de ser viril está la exigencia de ser fuerte y la cárcel del género. No estoy alardeando de que me haya liberado de mi cárcel, de mi estereotipo, pero estoy convencida de que la única manera de superar al estereotipo y a su exigencia es detectarlo. Estar consciente del estereotipo que nos rige es la única forma de vencerlo y en la lucha por vencerlo se encuentra una sensación de libertad y alegría que recomiendo muchísimo.

En el 2010 yo no había terminado de entender mi propio estereotipo. No tenía ni una quinta parte de los seguidores que tengo hoy. En el 2010 twiteaba provocando, porque ese fue el juego de los primeros años de twitter, que luego pasó de moda o que lo siguieron los cobardes sin nombre ni apellido o los que no tienen nada que hacer. En el 2010 tenía un montón de cosas que aún conservo y un montón de ideas que serían el germen de otras, pero las fichas no habían terminado de encajar.

En el 2010 no había hecho CUALCA, ni JORGE, ni POR AHORA, ni había escrito un guión, solo había hecho LA LOCA DE MIERDA, que fue justamente la parodia de todo lo que detesto de mi estereotipo, fue el comienzo de deshacer mi género. Pero nunca había desarrollado un personaje que fuera completamente distinto a mí. Fue cuando hice JORGE en el 2012 que me acerqué al INADI para hablar con Mercedes Monjaime, para que me ayudara con un poco de información sobre la cotidianidad de una persona en silla de ruedas, y así poder escribir el personaje de Ludovico. No sé cómo terminamos hablando de feminismo, pero ella me acomodó otra ficha, una ficha fundamental. Me dijo: “Para ser feminista sólo tenés que estar consciente de la diferencia de derechos entre hombres y mujeres y desear la igualdad”. CLOCK! cayó la ficha, encajó finalmente. Soy feminista. Recuerdo salir del edificio con una inmensa tranquilidad, recuerdo sentir la claridad y satisfacción que solo te da el poseer una convicción.

Y aún así, las fichas siguen cayendo, y cuando una cambia de opinión sobre algo, un poco pasa a ser una persona distinta, nueva incluso a la de hace un minuto y eso también es fascinante, es mantenerse despierta. Cuando leí Teoría King Kong, de Virgine Despentes, todo lo que creía sobre la prostitución cambió también. Entonces no solo soy otra que la del 2010, también soy otra que la de hace un mes. Y las fichas siguen cayendo, y no se acomodan solas, mantenerse despierta es un trabajo y el premio es que todo se aclara cada vez más. Entender es lo único que da paz.

Malena Pichot

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Malena Pichot
@malepichot
Guionista de Cualca, Jorge, Por ahora y Mundillo. acá https://www.youtube.com/malepichot y TARDE BABY ahora mismo disponible por @un3TV