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Psicomagia

Les dejo una serie de preguntas y respuestas que yo mismo me he formulado y he respondido a lo largo de mi existencia

Sus ideas podrían definirse como mutacionistas. ¿Somos mutantes?

Todos lo somos. Hay muchas cosas que no comprendemos porque nuestro cuerpo se está desarrollando. Hace poco con­versé con un médico que me decía que la glándula pineal era una glándula atrofiada. Le respondí que el ser humano es un animal en evolución que no puede tener nada atrofiado en él. La glándula pineal podría ser, por qué no, la semilla de un ór­gano que se va a desarrollar y convertir en el cuarto cerebro. Cambió su visión científica a pocas horas de una conferencia que iba a pronunciar en Los Ángeles. Lo que le expliqué es que no hay nada atrofiado, que podría decirse exactamente lo contrario, y me parecería más lógico. Estamos desarrollando algo nuevo desde esa glándula, hay cosas que aún no com­prendemos porque somos como chimpancés...

¿Qué sentido tiene que no podamos entender algo que estamos des­tinados a descubrir?

No podemos imaginar lo eterno. No podemos concebirlo, y si no podemos comprender el universo, somos ignorantes y limitados. Tú me preguntas por el sentido de todo esto, pero seguramente serán nuestros descendientes quienes puedan comprenderlo. Nosotros estamos aquí para producir un des­cendiente que usará el mismo cerebro que ya tenemos pero más desarrollado. Si el cerebro reptiliano evolucionó hasta nuestros tres cerebros humanos, creo sinceramente que esta­mos creando el cuarto cerebro, que no tiene por qué ser ma­terial.

En el Medievo lo intuyeron y lo pintaron en forma de halo porque así lo veían, como un círculo dorado alrededor de la cabeza. ¿Qué explicación tiene que pintaran un halo? ¿Por qué se inventaron el halo? Pues porque el halo es real.

¿Qué consejo daría a un buscador de conocimiento, a alguien que se buscara a sí mismo?

Yo empecé meditando. Pero antes busqué personas que tu­vieran un nivel de conciencia más elevado que el mío, aunque no fui para rendirles pleitesía ni con vocación de discípulo. Me puse en contacto con gente que consideraba interesante. El error que cometí fue hacerme amigo de algún maestro, porque ya no aceptas ni el intercambio ni la enseñanza. Con la amistad se desequilibran los niveles de conciencia entre dos personas. Pero conociendo a todas estas personas mi nivel de conciencia aumentó y aprendí mucho, hasta que llegué a donde consideré válido. Cuando llegas a un nivel que estimas importante, ya pue­des y debes entregarte a los demás para que aprendan contigo.

De todas sus experiencias de conocimiento: psicoanálisis, chama­nismo, toma de sustancias, meditación..., ¿con cuál se quedaría?

El ejercicio más rotundo al que me he dedicado durante años es a detener el pensamiento. Conseguir que en mi cere­bro no entre ni una sola palabra. Una vez que lo consigo, me quito de la cabeza hasta el pensamiento que me dice que fui capaz de detener las palabras. Eso ha sido lo más difícil.

También practicar meditación fue para mí muy importante, aunque mi camino ha tenido más que ver con la creación ar­tística.

¿Desaconseja las vías racionales como la filosofía o el estudio de la ciencia?

No lo desaconsejo, creo que todos esos caminos son tam­bién buenos. La filosofía me hizo plantearme preguntas que luego tuve que resolver por medio de otras disciplinas.

Los altos niveles de conciencia ¿se encuentran en las personas o en los grupos?

Es difícil pertenecer a un grupo porque los grupos consti­tuidos crean dependencias. Si habláramos con el sentido co­mún que nos caracteriza, deberíamos hablar del gran grupo de la humanidad, la humanidad entera. Afortunadamente, ha­ce tiempo que dejé de seleccionar gente, y todos los miércoles me encuentro en el café con aquellos que quieren venir a que les lea el tarot. A partir de una edad tienes que hacerte útil a los demás. Cuando has vivido y la vida te ha dado una expe­riencia, sea buena o mala, llega un momento en que debes transmitir lo que sabes.

En lugar de convertirte en un viejo tonto, debes ir cada vez más lejos. Ni existe el envejecimiento ni existe la deca­dencia mental. La memoria puede tener menos capacidad para encontrar una palabra, o quizá puedas sentir menos deseo sexual, menos virulencia, pero el deseo no tiene por qué haber desaparecido. Si a lo largo de tu vida has trabajado las emociones, cuando maduras empiezas a conocer sentimien­tos sublimes, que no tuviste cuando eras joven porque la naturaleza no te lo permitía. Hasta los 40 años tienes que en­contrarte. La verdadera apertura de la conciencia no se pue­de hacer antes de esa edad. A partir de ahí, empieza el ca­mino.

Usted señala que la contemplación es la técnica que perfecciona to­das las cosas. ¿Qué entiende por contemplación?

En la meditación, te inmovilizas y dedicas tu atención a lo que sucede en tu interior, como si estuvieras sentado al borde de un río viendo pasar las cosas. Y la contemplación es lo mismo pero nadando en ese río. Es decir, estás viendo lo que te sucede pero estás de pleno en la vida, actuando.

¿Qué significa «estar poseído por el espíritu del maestro»?

Nuestro cerebro, que es amplio e infinito, de la misma ma­nera que produce nuestra personalidad puede producir otras. Es decir, aprendemos a construirnos una personalidad, los es­quizofrénicos pueden tener treinta personalidades, e incluso más. Cuando vas a ver a un maestro, ves otro ser humano que tiene un nivel de conciencia más alto que el tuyo. ¿Qué ocu­rre? Que persigues ese nivel de conciencia, tu cerebro lo per­sigue. Entonces tu cerebro capta ese nivel y lo reproduce en tu persona, pero, como es la primera vez que lo ves, lo identificas con su persona, con su ego, con su carácter... Y el cerebro, en lugar de actuar como si tuviera tu forma, te da la forma del otro, te hace sentir que tienes el cuerpo del otro, la personali­dad del otro, la aparente individualidad del otro.

Esto produce una imitación, y creo que a eso te refieres con la expresión «estar poseído por el espíritu del maestro». No es que el maestro esté en ti sino que hay una imitación de un ni­vel de conciencia que estás considerando superior al tuyo.

¿Y el maestro que cree ser el elegido?

Bueno, es que en el camino de la mutación de conciencia hay trampas. Lo expliqué en mi libro Los Evangelios para sanar. En realidad tú eres un camino. Tu cerebro es un camino don­de transitan todos los dioses. Si en el camino veo un dios y me creo un dios, he caído en la trampa del gurú. En realidad, so­mos el camino por donde pasan las cosas, no los transeúntes.

¿Qué son las pruebas iniciáticas?

En palabras de Castaneda, desafíos. Considéralas así. Observemos algunos traumas: Una mujer es violada y eso le destroza la vida. Otra mujer es violada, se baña, se limpia, llo­ra, sufre, se repone, decide que nunca más va a hablar de ello y continúa su vida. Lo mismo sucede en las guerras, algunas personas quedan dañadas para siempre y otras, en cambio, se fortalecen. Hay que decir que los traumas no producen la en­fermedad, los traumas son los detonadores. Hay una base de enfermedad dentro de nosotros que el trauma hace explotar. Y en cuanto a las pruebas iniciáticas, consisten en lo siguien­te: tienes un nivel de conciencia y te encuentras delante de un acontecimiento. Tienes que reaccionar de forma útil para ti y avanzar. La prueba es un desafío para que tú te desarrolles.

El sacrificio ¿es una trampa masoquista?

Así es. Las religiones nos han confundido. En nuestra cul­tura, el cielo no estaba en la tierra, no estaba a tu alcance. Te­nías que ganarte el más allá padeciendo en la vida, y la Iglesia, diciéndote que sufrieras, se hizo rica y poderosa.

¿Por qué puede sentirse miedo cuando nos aproximamos a los ar­quetipos a través de los sueños, la imaginación o las sustancias alucinógenas?

La multitud, la gente en general, sólo cambia de nivel de conciencia cuando está en un serio problema, como por ejemplo ante una catástrofe ecológica o el terrorismo. La mul­titud tiene miedo a los arquetipos porque los arquetipos son contenidos de alta conciencia, y eso produce miedo a la gen­te que no desea cambiar. Cada vez que nos enfrentamos a ar­quetipos, nos estamos enfrentando a una disolución de la identidad.

¿Hemos construido una piel invisible a la que llamamos ego?

No, la piel no es el ego. Nos acostumbran a pensar que es así, pero no es cierto. Miremos más lejos: imaginemos un león. Él llega hasta donde llega su salto, ése es su territorio. Cuando ve que un animal entra en su territorio, salta. También existen plantas cuya percepción alcanza mil kilómetros de distancia, aves que logran con su vuelo distancias formidables, u orga­nismos que se dejan sentir muy lejos. ¿Y en el hombre? Pues a través de la telepatía el ser humano puede dar la vuelta al mun­do. El hombre no tiene límites.

Entonces,  ¿qué sería el ego?

Muchas veces se ha hablado del ego sin entenderlo. En rea­lidad, nosotros tenemos nuestro ser esencial y otra parte ad­quirida que permite una identificación o identidad. Esta últi­ma es el ego, una identidad adquirida que está al servicio de la esencia. El ego puede degenerar en personalidades desviadas, esquizofrénicas o paranoides debido a que en el ego es donde se hacen notar los traumas y los golpes de la vida.

Usted reconoce que hace muchos años tenía un ego gigantesco. ¿Qué se puede hacer en nuestro mundo sin el ego?

El ego es sordo. Sordo y ciego. El ego ha de ser domado. Es el núcleo de la doctrina hinduista. El ego se tiene que plegar ante la esencia. En las actividades sociales se desarrollan los más grandes egos, como en la universidad, donde una perso­na habla y habla aunque nadie esté atento, y jamás escucha. Con ese tipo de gente no hay diálogo, sino un largo monólo­go. En la vida hay que entrar en el diálogo y escuchar a los de­más. El ego es necesario como la cáscara del huevo que en­vuelve la esencia. Eso de «matar al ego» son locuras de los gurús, que, por cierto, son grandes ególatras. Me estoy acor­dando de Osho, que, a pesar de ser una persona inteligentísi­ma, hacía poner su cara en las camisetas de sus seguidores. En cada uno de sus libros había quince o veinte fotos de su cuer­po. El ego puede llegar a convertirse en algo delirante. Este hombre se pasó la vida luchando contra el ego y, sin embargo, no hacía sino fortalecerlo. Se enfrentaba con el ego de los de­más pero nunca con el suyo. Yo veo a los gurús como payasos. Son necesarios, pero son grandes monigotes.

¿Somos esclavos de nuestros deseos?

Todo el tiempo estamos deseando cosas: más dinero, más objetos. El mundo es puro deseo. Nos meten en la cabeza que no tenemos que envejecer, miles de anuncios nos animan a agrandar los labios, arreglar los pechos, estirar el pene o rea­firmar nuestros glúteos. Deseamos y deseamos todo cuanto ve­mos en los anuncios o en la calle. Cada vez que me conecto a Internet me encuentro con cuatro proposiciones constantes: alargarme el falo, bajar de peso, comprar prostitutas y ganar una fortuna sin trabajar... o aparecen bancos imaginarios don­de ganas millones. Ése es el grave problema de esta sociedad: está llena de deseos de consumir y de aparentar, pero hay muy pocas ganas de ser.

¿Deberíamos entonces aprender, como tantas veces se nos ha dicho, a vencer el deseo?

Las escuelas orientales transmiten una sabiduría muy anti­gua que debería ser revisada. Se han idealizado mucho las en­señanzas de Buda, y hay que tener cuidado. La leyenda de Buda, si se mira bien, se nos muestra bastante lamentable: un joven rico que abandona a su esposa y a su hijo para estar tran­quilo, alguien que teme las cosas más naturales del mundo co­mo la muerte, la vejez, la enfermedad y la pobreza... Pero, cla­ro, en su doctrina se supone que la liberación del deseo nos otorga la salvación, que consiste en no renacer, sólo porque cree en el renacimiento o en la peregrinación del alma, lo que es mucho suponer y podría no ser cierto.

Si yo no creo en la reencarnación, Buda se me cae. Para él hay que escapar de esta vida para no volver a reencarnarse, y eso es un error. No hay que escapar de nada. Hay que vivir la vida. Yo no sé si existe la reencarnación, no podemos saberlo. No po­demos establecer doctrinas comunicando cosas en las que debo creer, como decir que vamos a parar la rueda de la reencarna­ción, el karma, etcétera. Son creencias sospechosas. No las uso de ninguna manera. Bien miradas, son tóxicas para cualquiera.

Me gustaría preguntarle por la muerte...

¿La muerte qué es? Solamente un cambio, una mutación. No tememos a la muerte, sino al cambio que supone.

¿Dónde aprendió eso?

(Risas.) La muerte es una palabra, y empecé a aprenderlo con el tarot. La muerte es el arcano XIII y no tiene nombre. Es­tá situado en mitad de la baraja. Yo me he dado cuenta de que una vez tuve 15 años y desaparecí. Luego tuve 30, después 40, y seguí desapareciendo. En este momento tengo 74, soy otro pe­ro sigo contento. Cuando tenga 90 estaré alegre, cuando ten­ga 100 seguiré contento, cuando tenga 300 estaré estupendo, cuando tenga un millón de años seré una fiesta.

¿Cree que queda algo de nosotros cuando morimos?

Le preguntaron a un maestro zen: «¿Qué hay después de la muerte?». Y él dijo: «No lo sé, todavía no me he muerto». Yo estoy aquí. Pero sé que lo que soy avanza.

El Carro de la carta del tarot está hundido en la tierra. ¿Ha­cia dónde se dirige? La tierra se mueve y lo desplaza. Nosotros avanzamos con el universo. ¿Qué me importa el después? Nun­ca me importó cómo sería a los 80 años, o a los 100, o a los 1.000 o a los 60.000. Lo que me importa es saber quién soy ahora, no adonde voy...

Cuando empiezas poco a poco a desprenderte de tu identi­dad, a ser un humano genérico, dejas de verte en una edad de­terminada. Luego dejas de identificarte con el tiempo en ge­neral. Después ya no te reconoces originario de una patria o hablante de una lengua determinada. No te ves en tu nombre, no te confundes con las cosas que posees, vas cesando en la identificación.

¿Pero dónde sostenernos en esa visión de uno mismo?

Te agarras a lo que eres. A la alegría de la vida. Eres cada vez más feliz y no necesitas el traje rígido del carácter o de la perso­nalidad. Te haces fluido, como el agua. Lao Tse dice: «Hay que ser como el agua que toma la forma del vaso que la contiene». Vas por la vida tomando formas y eso es magnífico. Hay un mo­mento en que lo aceptas y te dices «Esto que soy yo desaparece». Y una vez que eres consciente, todo el tiempo estás ahí. Sientes en tus talones un abismo de vacuidad total, y vas avanzando co­mo una luz. Y esa luz que eres sabes que se la va a tragar el abis­mo. Existe la esperanza de que te disuelvas con un goce infinito en el océano cósmico, y eres tú, pero siempre que aceptes ceder tu  conciencia. El último don que tú das es tu conciencia.

Cuando lleguemos a la muerte, lo mejor que podemos ofre­cer es una perfecta y luminosa conciencia, una conciencia cla­ra que hay que saber crear, porque si no, como decía Gurdjieff, mueres como un perro, sin ofrendar la conciencia ni construir un alma.

Se dice que la potencia está encerrada entre las paredes del cráneo... Pero ¿dónde situaría usted nuestra conciencia?

Fuera del cuerpo. El cuerpo es como el hueso de un melo­cotón, sin embargo la conciencia no tiene límites y está en constante expansión.

Usted sugiere que en un esfuerzo de imaginación podemos liberar­nos de lo aparente, de la misma forma que oyendo música o jugando con la memoria nos podríamos trasladar a otro lugar. Sin embargo, no basta con que juguemos con un puñado de imágenes... hay que cam­biar para mejorar, cambiar al sujeto que imagina, ¿no?

Hay un tipo de imaginación que es casi industrial: son los delirios. No hay que confundir la imaginación con el delirio constante. Puedo imaginarme cualquier cosa todo el tiempo sin profundizar en nada: cuentos y cuentos y cuentos sin ahon­dar en su sentido... O podemos, como Kafka, sumergirnos has­ta cierto nivel y estancarnos. Nunca accedió a la felicidad. Se plantó en la neurosis.

El esfuerzo es siempre necesario, pero ¿por qué se nos exige este es­fuerzo permanente que es la existencia?

En la vida hay que estar siempre atento, no en tensión. No­to que cuando dices «esfuerzo» lo sientes como algo desagra­dable, pero yo no creo que haya que hacer cosas que detesta­mos sino cosas que nos gustan. Cuando yo hablo de «esfuerzo» hablo de esfuerzo agradable: pintar, danzar, vivir, son esfuerzos totalmente placenteros. Debemos hacer lo que nos agrada en la vida y esforzarnos en ello.

¿La vida es una prueba?

No. La vida es una escuela iniciática. O como decía Casta­neda: un desafío. Para el guerrero, esto es lo importante.

¿Sirve de algo teorizar sobre la vida?

Quien hace teoría de la vida es porque no la conoce. Pero el que la conoce, debe comunicar sus experiencias, enseñar lo que ha vivido.

Volvamos una vez más a la vieja y obstinada pregunta de ¿por qué existe lo que existe?

Me llamó desde el hospital una mujer que estaba muy en­ferma de cáncer, y me preguntó: «¿Cuál es la finalidad de la vi­da?». Pensé y le respondí lo que ella esperaba: «La vida no tie­ne sentido». Entonces suspiró y dijo: «Eso es lo que esperaba oír». Al día siguiente, murió. Le contesté aquello para conso­larla, porque esa mujer no tenía remedio. Aunque yo creo que la vida sí tiene sentido, un sentido que no tenemos por qué co­nocer. Es un misterio. Esa idea de que todas las cosas tienen una finalidad es muy mental. Por supuesto que tenemos un fin, pero no lo conocemos. Si no fuera así, yo no estaría aquí. Tenemos una finalidad como humanidad en el universo. Te­nemos un destino y, sin embargo, no tenemos por qué cono­cerlo racionalmente. Y esto hay que aceptarlo de la manera más sana posible. Convertir nuestro planeta en un jardín. En­riquecerlo y enriquecernos.

¿En qué consiste eso de ser uno mismo? ¿Acaso podemos llegar a sa­ber quiénes somos?

El conócete a ti mismo significa, en realidad, que tú eres el universo. Yo no tengo límites porque estoy unido al uni­verso como un organismo: el tiempo es mi vida, lo que suce­de es mi vida y es la vida. Si me conozco a mí mismo soy el ac­tor y el espectador. Lo conocido y el conocedor al mismo tiempo. Hasta cierto punto puedo pasar de actor a especta­dor, pero hay un momento supremo en que el actor y el es­pectador se funden. Eso ya no es conocimiento. Es concien­cia pura, estado.

¿Qué significa realizarse a través de lo transpersonal? ¿No se ha abusado de esta palabra?

No es palabrería, es simplemente un constructo útil. Lo que entendemos por personal se corresponde con la actitud de en­cerrarte en tu propia psicología y analizar todo a través de ti mismo. Lo transpersonal significa aceptar que existe el otro, tenerlo en cuenta para percibir el mundo y entender las cosas.

En este sentido, lo transpersonal trasciende los límites. Ten­dríamos, por ese camino, que llegar al pensamiento andrógi­no. Si tú fueras una persona común pensarías primero como español, luego como hombre y, después, como terráqueo. El ideal es pensar sin nacionalidad, sin definición sexual y sin es­tar deformado por el sistema solar.

¿Podemos llegar a pensar que un día nos realizaremos?

Eso es una trampa, porque nadie se realiza plenamente. ¿Qué es realizarse? Se va avanzando como se puede.

Tengo la impresión de que nuestra felicidad consiste en mirar el mundo de una determinada manera.

No es una cuestión de percepción. Consiste en ser uno mis­mo. Cuando avanzas te percibes en tu totalidad. No se trata de delimitar la realidad. Si decimos: «Yo quisiera conocer», esta­mos proyectando la ilusión de tener un yo, que además cono­ce. Y no se trata de eso. Desde la Antigüedad clásica respeta­mos mucho la expresión «Conócete a ti mismo», pero en realidad es bastante confusa. La gente piensa que es algo pa­recido a que salgas a encontrarte. En realidad cuando decimos «conócete a ti mismo», ese «ti mismo» es el universo. El uni­verso se conoce a sí mismo. «Conóceme», dice el universo. En la voz de Dios, conócete a ti mismo significa... conóceme. Cui­dado: no pienses «Tú eres yo, yo soy tú». En verdad, «Tú no eres yo, pero yo soy tú».

Los grandes maestros sostienen que tenemos que aprender a morir en paz. Pero para eso ¿hace falta todo este viaje?

Sí, claro. La vida es aprender a morir con tranquilidad, «ju­gar a morir» decían los chinos. Pero morir es entrar en un pro­ceso, como cuando lentamente de la niñez se pasa a la puber­tad: el bello, las hormonas... Lo vives como un cambio. Tú avanzas en la vida y empieza a aparecer la vejez, que es otro período. El pelo se va poniendo blanco, los dientes amarillos. Si luchas contra la vejez, envejeces con angustia. Si luchas contra la pubertad, te traumatizas. En un momento dado todos en­tramos en el proceso de la muerte, que se puede y debe vivir exactamente como los otros cambios precedentes.

La muerte no es más que un estado. ¡Nadie está muerto! ¡Nadie muere! Todos nosotros entraremos en el proceso de la muerte, y lo maravilloso es que lo aceptemos con la tranquili­dad con la que entramos en la pubertad o en la madurez. 

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Alejandro Jodorowsky
@alejodorowsky
Jodorowsky vive en París donde da clases de tarot y conferencias sobre sus técnicas (la psicomagia y la psicogenealogía) en el cafe Le Téméraire. Está casado con la pintora y diseñadora francesa Pascale Montandon