#psicomagia

Introducción a la Psicomagia

Los médicos profesionales, hijos fieles de la universidad, desprecian estas prácticas. Según ellos la medicina es una ciencia. Quisieran llegar a encontrar el remedio ideal, preciso, para ca­da enfermedad. Desean que la medicina sea una, oficial, sin improvisa­ciones y aplicada con una técnica validada por sus instituciones oficiales. Ninguno se propone curar el alma. 

Desde cierto punto de vista, las enfermedades son sueños, mensajes que revelan problemas no resueltos. Los curanderos, con una gran creatividad, desarro­llan técnicas personales, ceremonias, hechizos, extrañas me­dicinas tales como lavativas de café con leche, infusiones de tornillos oxidados, compresas de puré de papas, píldoras de ex­cremento animal o huevos de polilla. Algunos tienen más imaginación o talento que otros, pero todos, si se les consul­ta con fe, son útiles. Hablan al ser primitivo, supersticioso, que cada ciudadano lleva dentro.

Viendo operar a estos terapeutas populares, que a menudo hacen pasar por milagros trucos dignos de un gran prestidigi­tador, concebí la noción de «trampa sagrada». Para que lo ex­traordinario ocurra es necesario que el enfermo, admitiendo la existencia del milagro, crea firmemente que se puede curar. Para tener éxito, el brujo, en los primeros encuentros, se ve obligado a emplear trucos que convencen a aquél de que la realidad material obedece al espíritu. Una vez que la trampa sagrada embauca al consultante, éste experimenta una trans­formación interior que le permite captar el mundo desde la in­tuición más que desde la razón. Sólo entonces el verdadero mi­lagro puede acontecer.

Pero, me pregunté en aquella época, si se elimina la tram­pa sagrada, ¿se puede con esta terapia artística sanar a perso­nas sin fe? Por otra parte, aunque la mente racional guíe al in­dividuo, ¿podemos decir que alguien carece de fe? En todo momento el inconsciente sobrepasa los límites de nuestra ra­zón, ya sea por medio de sueños o de actos fallidos. Si es así, ¿no hay una manera de hacer actuar al inconsciente, como un aliado, de forma voluntaria? Cierto incidente que ocurrió en uno de mis cursos de psicogenealogía me indicó el camino: en el momento en que yo describía las causas de la neurosis de fracaso, un alumno, médico cirujano, cayó al suelo retorcién­dose con espasmos de dolor. Parecía un ataque de epilepsia. En medio del pánico general, sin que nadie supiese cómo ayu­darlo, me acerqué al afectado y sin saber por qué le quité, con bastante trabajo, del dedo anular de su mano izquierda el anillo de casado. Inmediatamente se calmó. Me di cuenta de que para el inconsciente los objetos que nos acompañan y rodean forman parte de su lenguaje. Así como poniéndole un anillo a una persona se la podía encadenar, quitándole ese anillo se la podía aliviar. Otra experiencia me resultó muy reveladora: mi hijo Adán, con seis meses de edad, padecía una fuerte bron­quitis. Un médico amigo, fitoterapeuta, le había recetado unas gotas de aceite esencial de plantas. Mi ex mujer Valeria, madre de Adán, debía verterle en la boca treinta gotas tres veces al día. Pronto se quejó de que el niño no mejoraba. Le dije: «Lo que pasa es que tú no crees en el remedio. ¿En qué religión fuiste educada?». «¡Como toda mexicana, en la católica!» «En­tonces vamos a agregar fe a esas gotas. Cada vez que se las des, reza un padrenuestro.» Valeria así lo hizo. Adán mejoró rápi­damente.

Comencé entonces, con gran prudencia en mis lecturas de Tarot, cuando el consultante se preguntaba cómo solucionar un problema, a recetar actos de lo que llamé «psicomagia». Para que su primitiva terapia funcione, el curandero, apo­yándose en el espíritu supersticioso del paciente, debe mante­ner un misterio, presentarse como propietario de poderes extrahumanos, obtenidos por una secreta iniciación, contando para curar con aliados divinos e infernales. Los remedios que da deben ingerirse sin conocer su composición y los actos re­comendados deben realizarse sin tratar de saber el porqué. En la Psicomagia, en lugar de una creencia supersticiosa se nece­sita la comprensión del consultante. Él debe saber el porqué de cada una de sus acciones. El psicomago, de curandero pasa a ser consejero: gracias a sus recetas el paciente se convierte en su propio sanador.

El acto poético

No creo en la posibilidad real de predecir el futuro, en la medida en que, a partir del momento en que ves el futuro, lo modificas o lo creas. Al predecir un aconteci­miento, uno lo provoca: es lo que en psicología social se de­nomina «realización automática de las predicciones».

Aquí tengo un texto de Anne Ancelin Schutzberger, profesora de la Universidad de Niza, que evoca precisamente ese fenómeno: «Si se observa cuidadosamente el pasado de un cierto número de enfermos graves de cáncer, se advierte que se trata, muchas veces, de personas que durante su infancia hicieron una pre­dicción sobre sí mismas, que han desarrollado un "guión de vi­da" inconsciente (de ellos mismos o de sus familias) relacio­nado con su vida y su muerte, a veces incluso con indicación de fecha, momento, día y edad, y que luego se ven efectivamente en esa situación de murientes. Por ejemplo a los 33 años -la edad de Jesucristo- o a los 45 -edad en que murió su padre o su madre, o cuando su hijo cumplió 7 años -porque a esa edad esa persona quedó huérfana-. Son ejemplos de una especie de realización automática de las predicciones personales o familiares». Asimismo, como señala Rosenthal, si un profesor prevé que un mal estudiante continuará igual, lo más seguro es que nada cambie. Por el contrario, cuando el profesor esti­ma que el niño es inteligente, aunque tímido, y prevé que a pe­sar de ello hará progresos, el niño comienza a progresar... Es una constatación sorprendente pero que ha sido verificada en varias ocasiones, suficiente para inspirar la mayor desconfian­za respecto de aquellos que, so pretexto de poseer dones so­brenaturales, se permiten predecir acontecimientos que el in­consciente del consultante traducirá en deseo personal, con el fin de someterse a las órdenes del vidente. Como resultado de esto, el consultante asumirá la tarea de realizar estas predic­ciones, con consecuencias muchas veces nefastas. Toda pre­dicción es una toma de poder, mediante la cual el vidente se complace en prefigurar destinos, torciendo así el curso natu­ral de una vida. Ello implica poder y manipulación. Por lo de­más, estoy absolutamente convencido de que tras la etiqueta de «vidente profesional» se esconden, con raras excepciones, individuos desequilibrados, deshonestos y delirantes. En el fon­do, sólo serían dignas de confianza las predicciones de un ver­dadero santo... Eso explica por qué me niego a dedicarme a la videncia.

Yo consideraba el tarot como un test proyectivo que permi­tía ubicar las necesidades de la persona y saber dónde residían sus problemas. Es bien sabido que la mera actualización de una dificultad inconsciente o poco conocida constituye ya un esbozo de solución. Al trabajar conmigo, las personas tomaban conciencia de su identidad, de sus dificultades, de lo que las llevaba a actuar. Yo les hacía pasearse a través de su árbol ge­nealógico para mostrarles el origen antiguo de algunos de sus malestares. Sin embargo, me di cuenta enseguida de que no podía haber ninguna curación verdadera si no se llegaba a una acción concreta. Para que la consulta tuviera un efecto tera­péutico, tenía que desembocar en una acción creativa llevada a cabo en el ámbito real. Para lograrlo, tuve que indicar a quie­nes venían a verme uno o dos actos a realizar. La persona y yo teníamos que, de común acuerdo y con plena conciencia, fijar un programa de acción muy preciso. Así es como llegué a prac­ticar la psicomagia.

La primera cosa que vino a ayudarme fue la poesía, mi con­tacto con poetas en los años cincuenta... Tuve la suerte de na­cer en Chile, aunque podría perfectamente haber nacido en otro lugar. Si no hubiera sido por la guerra ruso-japonesa, mis abuelos no habrían emigrado y yo habría nacido seguramente en Rusia. Por otra parte, ¿por qué el barco en que se embar­caron los llevó hasta Chile? Me gusta imaginar que escogemos por adelantado nuestro destino y que nada de lo que nos su­cede es fruto del azar. Ahora bien, si no hay azar, todo tiene sentido. Para mí, es mi encuentro con la poesía lo que justifi­ca mi nacimiento en Chile.

 

¿Qué es vivir como un auténtico poeta?

En primer lugar no temer, atreverse a dar, tener la audacia de vivir con cierta desmesura. Neruda construyó una casa en forma de castillo, congregando en torno a él un pueblo ente­ro, fue senador, y casi llegó a ser presidente de la república... Entregó su vida al Partido Comunista, por idealismo, porque deseaba realmente llevar a cabo una revolución social, cons­truir un mundo más justo... Y su poesía marcó a toda la juventud chilena. En Chile, ¡incluso los borrachos en plena sesión alcohólica declamaban versos de Neruda! Su poesía era recita­da tanto en los colegios como en la calle. Todo el mundo que­ría ser poeta, como él. ¡No hablo sólo de los estudiantes, sino de obreros e incluso borrachos que hablaban en verso! Supo captar en sus textos todo el ambiente loco del país.

Aparte de Neruda, que gozaba de fama mundial, otros cua­tro poetas fueron de una importancia capital. Vicente Huidobro provenía de un medio acomodado, en todo caso menos humilde que el de Neruda. Su madre conocía todos los salones literarios franceses y él recibió una educación artística muy profunda, por lo que su poesía, de una gran belleza formal, impregnó de elegancia a todo el país. Soñábamos todos con Europa, con la cultura... Huidobro nos dio una gran lección de estética. A modo de ejemplo, te leeré este fragmento de una conferencia dada por el poeta en Madrid, tres años antes de la aparición del manifiesto surrealista:

Aparte de la significación gramatical del lenguaje, hay otra, una significación mágica, que es la única que nos interesa... El poeta crea fuera del mundo que existe el que debiera existir... El valor del lenguaje de la poesía está en razón directa de su alejamiento del lengua­je que se habla... El lenguaje se convierte en un ceremonial de con­juro y se presenta en la luminosidad de su desnudez inicial, ajena a todo vestuario inicial convencional fijado de antemano... La poesía no es otra cosa que el último horizonte, que es, a su vez, la arista en donde los extremos se tocan, en donde no hay contradicción ni duda. Al llegar a ese lindero final, el encadenamiento habitual de los fenómenos rompe su lógica, y al otro lado, en donde empiezan las tierras del poeta, la cadena se rehace en una lógica nueva. El poeta os tiende la mano para conduciros más allá del último horizonte, más arriba de la punta de la pirámide, en ese campo que se extien­de más allá de lo verdadero y lo falso, más allá de la vida y de la muer­te, más allá del espacio y del tiempo, más allá de la razón y la fantasía, más allá del espíritu y la materia... Hay en su garganta un incendio inextinguible.

Había también una mujer, Gabriela Mistral. Su apariencia era la de una dama seca, austera, muy alejada de la poesía sen­sual. Ella enseñaba en las escuelas populares, y esta pequeña institutriz llegó a transformarse para nosotros en un símbolo de paz. Nos enseñó la exigencia moral respecto del dolor del mundo. Gabriela Mistral era para los chilenos una especie de gurú, muy mística, una figura de madre universal. Ella habla­ba de Dios pero daba fe de un rigor tal.

El cuarto se llamaba Pablo de Rokha. Él también era un ser exuberante, una especie de boxeador de la poesía a propósito  del cual corrían los rumores más locos. Se le atribuían atentados anarquistas, estafas... En realidad era un dadaísta expresionista que aportó a Chile la provocación cultural. Era turbulento, capaz de insultar, y en los círculos literarios tenía un aura terrible y negra. Estas frases sueltas, que resuenan como salvas, deberían bastar para darte una idea de su ardor furibundo:

Incendiad el poema, decapitad el poema... Escoged un material cualquiera, como se escogen estrellas entre lombrices... Cuando Dios «aún era azul dentro del hombre... Tú, tú estás justo en el centro de Dios, como el sexo, justo en el centro... El cadáver de Dios, furioso, aúlla en mis entrañas... Voy a golpear la Eternidad con la culata de mi revólver.

Finalmente, el quinto se llamaba Nicanor Parra. Originario del pueblo, subió los escalones universitarios, se hizo profesor en una gran escuela y encarnó la figura del intelectual, del poeta inteligente. Nos dio a conocer a Wittgenstein, el círculo de Viena, el diario íntimo de Kafka. Fue el primero en introducir un elemento cómico. Al crear la antipoesía, desdramatizó esta forma de arte. Aquí tengo un fragmento de «Advertencia al lector», de Parra:

Mi poesía puede perfectamente no conducir a ninguna parte: «¡Las risas de este libro son falsas!», argumentarán mis detractores «Sus lágrimas, ¡artificiales!» «En vez de suspirar, en estas páginas se bosteza» «Se patalea como un niño de pecho» «El autor se da a entender a estornudos» Conforme: os invito a quemar vuestras naves, Como los fenicios pretendo formarme mi propio alfabeto. «¿A qué molestar al público entonces?», se preguntarán los amigos lectores: «Si el propio autor empieza por desprestigiar sus escritos, ¡Qué podrá esperarse de ellos!». Cuidado, yo no desprestigio nada O, mejor dicho, yo exalto mi punto de vista, Me vanaglorio de mis limitaciones Pongo por las nubes mis creaciones. Los pájaros de Aristófanes Enterraban en sus propias cabezas Los cadáveres de sus padres. (Cada pájaro era un verdadero cementerio volante) A mi modo de ver Ha llegado la hora de modernizar esta ceremonia ¡Y yo entierro mis plumas en la cabeza de los señores lectores!

Esas cinco personalidades marcaron mucho. Eran vivos, ¡vivos y peleadores! Eran los mejores enemigos del mundo, pasaban los días peleando, intercambiándose in­sultos... Pablo de Rokha, por ejemplo, publicó una carta abier­ta a Vicente Huidobro en la que exclamaba: «Comienzo a es­tar harto de esta historia, mi pequeño Vicentito. Por lo demás, no soy de esos cobardes que golpean a una gallina que cacarea porque dice haber puesto un huevo en Europa». ¿Sabes lo que decía de Neruda? «Pablo Neruda no es comunista, es nerudista -el último de los nerudistas, o el único, probablemente...»

Estas personas se exponían, no tenían miedo de vivir su pa­sión. En cuanto a nosotros, abrazábamos la causa de uno, luego la del otro... Estábamos inmersos en la poesía desde la mañana hasta la noche, ella estaba realmente en el centro de nuestras vi­das. Estos cinco poetas formaban para nosotros un mandala alquímico: Neruda era el agua, Parra el aire, De Rokha el fuego, Gabriela Mistral la tierra y Huidobro, en el centro, la quintae­sencia. Queríamos ir más allá de nuestros predecesores, los cua­les, por lo demás, ya habían anticipado nuestras búsquedas.

Todos estos poetas realizaban actos. Huidobro decía: «Por qué cantáis la rosa, ¡oh poetas! Hacedla florecer en el poema»; Neruda sedujo a una mujer del pueblo prometiéndole un ma­ravilloso regalo y luego mostrándole un limón del tamaño de una calabaza. Habían comenzado a salir de la literatura para participar en los actos de la vida cotidiana con la postura esté­tica y rebelde propia de los poetas.

La poesía no respeta un ordenamiento estereotipado del mundo... ¡No, la poesía es convulsiva, está ligada al temblor de la tie­rra! Ella denuncia las apariencias, atraviesa con su espada la mentira y las convenciones. Recuerdo que una vez fuimos a la facultad de Medicina y, con la complicidad de un amigo, ro­bamos el brazo de un cadáver. Lo escondimos dentro de la manga de nuestro abrigo y jugamos a darle la mano a la gen­te, a tocarla con esta mano muerta. Nadie se atrevía a comen­tar que estaba fría, sin vida, porque nadie quería reconocer la cruda realidad de que ese miembro estaba muerto. Al hablar­te, me doy cuenta de que en cierta manera estoy confesándo­me. Sé que todo esto puede parecer fantasioso. Para nosotros, se trataba ciertamente de un juego, ¡pero también de un acto profundamente dramático! El acto creaba otra realidad en el seno mismo de la realidad ordinaria. Nos permitía acceder a otro nivel, y sigo convencido de que con actos nuevos se abre la puerta de una nueva dimensión.

Nuestra historia individual está constituida de palabras y de actos. La mayor parte del tiem­po la gente se contenta con pequeños actos inocuos, hasta que un día «revienta» y, sin control alguno, se pone furiosa, lo rom­pe todo, profiere insultos, se abandona a la violencia, llega in­cluso al crimen... Si un criminal en potencia conociera el acto poético, sublimaría su gesto homicida poniendo en escena un acto equivalente.

La sociedad ha puesto barreras para que el miedo y su expresión, la violencia, no surjan a cada instante. Por ello, cuando se realiza un acto diferente de las acciones ordinarias y codificadas, es importante hacerlo conscientemente, medir y aceptar de antemano las consecuencias. Reali­zar un acto es un proceso consciente que apunta a introducir voluntariamente una fisura en el orden de la muerte que per­petúa la sociedad, y no la manifestación compulsiva de una re­belión ciega. Conviene no identificarse con el acto poético, no dejarse llevar por las energías que éste libera. Bretón, por ejemplo, cayó en la trampa cuando, llevado por su entusias­mo, declaró que el verdadero acto poético consistiría en salir a la calle armado de un revólver y disparar sobre la gente. Se arrepintió mucho, después. ¡Y eso que no hubo paso al acto! Pero esta declaración era en sí el signo de un arrebato. El ac­to poético permite expresar energías normalmente reprimi­das o dormidas dentro de nosotros. El acto no consciente es una puerta abierta al vandalismo, a la violencia. Cuando las multitudes se enardecen, cuando las manifestaciones degene­ran y la gente comienza a incendiar automóviles o a lanzar piedras, se trata también de una liberación de energías repri­midas. No por ello esas manifestaciones ameritan el calificati­vo de actos poéticos.

COMENTA
Alejandro Jodorowsky
@alejodorowsky
Jodorowsky vive en París donde da clases de tarot y conferencias sobre sus técnicas (la psicomagia y la psicogenealogía) en el cafe Le Téméraire. Está casado con la pintora y diseñadora francesa Pascale Montandon